Escribí anoche que tienes algo en tu poder. Si lo desearas, podrías hacerme seguir viviendo. Confirfrío en que no lo desearás: pues comprenderás que, de forma caprichosa o intolerable, estoy cansado de vivir esta vida.
Te deseo con tanta desesperación que ahora, incluso la emoción de engañar a Burden ya no me hipnotiza hasta hacerme aceptar una vida sin ti. Hablando claro, estoy agotado. Si tuviera que seguir viviendo un solo instante más, tendría que pedirte que fueras mía de un modo u otro.
Con eso y con mi talento —pues, por supuesto, tengo un gran talento— podría seguir engañando a Burden eternamente. Podría restaurar: podría hacer más sólida que nunca esa pretenciosa «empresa en marcha» que es el patrimonio de Burden.
A menos que me dé la gana de dejárselo ver, creo que los abogados de la esposa no descubrirán lo que he hecho. Porque, francamente, en este asunto me he esmerado para divertirme y ser ingenioso. He falsificado presupuestos enteros de constructores para reparaciones que jamás se llevaron a cabo: he inventado legiones enteras de inquilinos morosos.
Últimamente no lo he hecho por dinero: lo he hecho sencillamente por el puro placer de mirar a Edward Burden y decirme a mí mismo:
“Ah: confías en mí, mi elegante amigo. Bien. …”
Pero en verdad me imagino que soy lo suficientemente rico como para poder devolverles todo lo que les he tomado. Y, al mirar a la pequeña prometida de Edward Burden, estuve casi tentado de emprender ese cansado camino de malabarismos. Pero estoy al límite de mis fuerzas. No