Cuando un viejo amigo, el año pasado, en un bulevar parisino, dijo: «¿No hay por ahí un cuento tuyo y de [Colaborador] sepultado en Tal y Cual?», repudié la idea con bastante vehemencia. Al final tuve que admitir el hecho, por así decirlo, muerto. Y, habiéndomelo admitido a mí mismo, y habiéndolo corroborado mi Colaborador, me adentró de inmediato una especie de anhelo morboso de conseguir que el cuento se republicara en una forma definitiva y reconocida. A uno puede importarle infinitamente poco el destino de su obra y, sin embargo, estar casi hipocondríacamente ansioso por la forma que adopte su publicación —si es probable que esta se produzca de forma póstuma—. Enseguida sentí un miedo terrible de que algún filólogo de esa Posteridad para la que uno escribe pudiera, en el transcurso de sus ocupaciones de hiena, desenterrar estos pobres huesos y, atribuyendo la frase uno al escritor A y la frase dos al B, destrozar al menos la memoria de uno de nosotros. Con la naturaleza de esos crímenes uno está demasiado familiarizado. Además, aunque uno nunca lea los comentarios, desea quitárselos de encima. Es en verdad agradable oír a lo lejos rugir una tormenta y verla alejarse por fin con un rumor sordo.
Permítame, sin embargo, ya que mi Colaborador lo desea y en nombre de una Diversión que hoy apenas es un eco, diferir de él por un matiz en cuanto a la naturaleza de esos transcursos del tiempo. Protesto contra la palabra: disputas. No las hubo. Y me gustaría señalar que nuestra colaboración fue casi puramente oral. Escribíamos y leíamos en voz alta el uno para el otro. Posiblemente al