Eso, como ves, es en verdad el quid de toda la cuestión; por eso el hombre de acción se refugiará en la muerte: el hombre de pensamiento, jamás. Pero yo, yo no soy el hombre ni de lo uno ni de lo otro: soy el hombre del amor, que participa de la acción y del pensamiento, pero que no es ni lo uno ni lo otro.
El amante es, tal vez, el eterno dudoso—simplemente porque no existe una panacea segura para el amor. Viajar puede curarlo—pero viajar puede hacer surgir la añoranza del hogar, que de todas las formas de amor es la más terrible. Mezclarse con muchos otros hombres puede curarlo—mas de nuevo, para el hombre que ama de verdad, puede ser causa de una inquietud aún más terrible, puesto que ver a otros hombres y mujeres puede llevar a uno a comparar siempre al objeto amado con la misma cosa. Y, en verdad, la forma que adopta en mí—pues en mí el amor adopta la forma de un deseo de discutir—, la forma que adopta en mí hace que cada cosa que veo, cada hombre con quien hablo, resulte más torturante, puesto que siempre deseo ajustar mis pensamientos sobre ellos a los pensamientos de usted.