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nydus/The Nature of a CrimePublic
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I. Roma

es realmente mi secreto; he abierto tantas preguntas y no he llevado ninguna hasta el final. Pero todas las preguntas se reducen a la única cuestión de nuestra querida e inapreciable relación.

Creo que ha sido uno de los grandes encantos de nuestra relación el que todas nuestras charlas hayan sido simplemente charlas. Hemos hablado de todo lo habido y por haber, pero nunca hemos discutido nada au fond. Nos hemos desviado por todo tipo de vericuetos y nunca hemos llegado a ninguna parte.

Intento recordar cuántas noches en los últimos cinco años no hemos pasado juntos. Creo que deben de ser menos de un centenar. Ya sabes cómo, de vez en cuando, tu marido despertaba de sus estupores —o caminaba en su estupor— y pronunciaba una de sus disertaciones deslumbrantemente brillantes. Pero recuerda cómo, siempre, ya fuera que hablara del amor libre o de la mejora en la raza de los caballos de coche, agotaba su tema hasta el amargo final. No era vivir con un hombre: era asistir a una función.

Y, cuando él estaba sumido en sus drogas, o cuando era meramente literario, o cuando estaba ausente, qué perezosamente hablábamos. Creo que jamás dos mentes encajaron tanto la una en la otra como la tuya y la mía. No es, por supuesto, que estemos de acuerdo en todos los temas⁠—o tal vez en ninguno. En todo lo referente a la conducta somos tan absolutamente diferentes⁠—tú siempre vas en favor de la circunspección, de una cuidadosa preparación del terreno, de la paciencia; y yo siempre estoy dispuesta a actuar, y luego a extraer la moraleja de mis propias acciones.

Pero de algún modo, al final, todo ha desembocado en que estemos en perfecta consonancia. Más adelante te diré por qué es así.

Déjame volver a mi ratón. Porque observarás que toda la cuestión gira, en realidad, en torno a ese pequeño ácaro alegórico. Es un presagio: es un

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