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nydus/The Nature of a CrimePublic
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VIII

Tenía el anhelo de terminar con mi mundo muy temprano y, tan pronto como dio la hora de las ocho, salí hacia la oficina de correos de la esquina para certificar ese paquete de cartas para ti. Hasta que la tarea estuvo cumplida⁠ —la última que había de realizar en la tierra⁠— no me fijé en nada: tenía simplemente prisa. Pero, habiendo entregado el pequeño atado en manos de una empleada somnolienta, me dije de repente: «¡Ahora estoy muerto!». Empecé de pronto, como se dice de los niños pequeños, a «fijarme». Un peso que nunca antes había sentido pareció desprenderse de mí. Me fijé, precisamente, en que la empleada de correos tenía sueño, en que, al alargar una mano para tomar el paquete por encima de la reja de bronce, se llevaba la otra a la boca para ocultar un bostezo.

Y allá afuera, en la acera, resultaba de lo más curioso lo que le había ocurrido al mundo. Había perdido todo interés; pero se había vuelto fascinante, vívido.

No me quedaban, ya ve usted, más sentidos que la vista y el oído. Vívido: esa es la palabra.

Observé a un vendedor de periódicos arrojar sus diarios por un sótano, y me pareció maravillosamente interesante descubrir que así era como llegaban los periódicos a casa.

Observé a un lechero subir unos escalones para dejar una botella de leche junto a un limpiabarros y me pareció maravillosamente interesante ver a un gato negro seguirlo.

Fueron los momentos más lúcidos que jamás he pasado sobre la tierra, aquellos en los que estuve muerto. Fueron tan lúcidos porque nada más pesaba sobre mi atención, tan solo esas pequeñas cosas.

Era una sensación extraordinaria, lujuriosa. Así, imagino, debieron sentirse Adán y Eva antes de comer del fruto del conocimiento.

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