—¿Qué es, entonces? —pregunté.
—Tambores —dijo lord John, con despreocupación—; tambores de guerra. Los he oído antes.
“Sí, señor, tambores de guerra —dijo Gómez, el mestizo—. Indios salvajes, bravos, no mansos; nos observan a cada milla del camino; nos matarán si pueden”.
—¿Cómo pueden observarnos? —pregunté, contemplando el vacío oscuro e inmóvil.
El mestizo se encogió de hombros.
“Los indios lo saben. Tienen su propia manera. Nos observan. Se comunican entre ellos con el lenguaje de los tambores. Matarnos si pueden”.
Por la tarde de aquel día —mi agenda de bolsillo me indica que era el martes 18 de agosto—, al menos seis o siete tambores repicaban desde varios puntos. A veces tocaban rápido, a veces despacio, a veces en una evidente pregunta y respuesta, y uno, muy lejano hacia el este, rompía en un repique alto y entrecortado, al que seguía, tras una pausa, un profundo redoble procedente del norte. Había algo indescriptiblemente enloquecedor y amenazante en aquel murmullo constante, que parecía tomar la forma de las mismas sílabas del mestizo, repetidas sin cesar: «Te mataremos si podemos. Te mataremos si podemos». Nadie se movía jamás en los silenciosos bosques. Toda la paz y el sosiego de la naturaleza apacible residían en aquel oscuro telón de vegetación, pero desde el fondo llegaba siempre el único mensaje de nuestros semejantes. «Te mataremos si podemos», decían los hombres del este. «Te mataremos si podemos», decían los hombres del norte.
Todo el día los tambores resonaron y susurraron, mientras su amenaza se reflejaba en los rostros de nuestros compañeros de color.