presencia— y salió zumbando de la habitación para vestirse para una reunión masónica.
Al fin me quedé a solas con Gladys, ¡y había llegado el momento decisivo! Toda la noche me había sentido como el soldado que aguarda la señal que lo lanzará a una empresa desesperada; la esperanza de la victoria y el temor al rechazo se alternaban en su mente.
Ella estaba sentada, con aquel perfil orgulloso y delicado recortado contra la cortina roja. ¡Qué hermosa era! ¡Y, sin embargo, qué distante! Habíamos sido amigos, bastante buenos amigos; pero jamás pude ir más allá de ese compañerismo que habría podido establecer con cualquiera de mis colegas reporteros de la Gazette: perfectamente franco, perfectamente amable y perfectamente asexuado.
Todos mis instintos se rebelan contra la idea de que una mujer sea demasiado franca y desinhibida conmigo. Eso no es ningún halago para un hombre. Allá donde empieza el verdadero sentimiento sexual, la timidez y la desconfianza son sus compañeras, herencia de aquellos viejos y crueles días en que el amor y la violencia solían ir de la mano.
La cabeza inclinada, la mirada esquiva, la voz temblorosa, la figura que se encoge —estas, y no la mirada impertérrita ni la respuesta franca—, son las verdaderas señales de la pasión. Incluso en mi corta vida había aprendido algo así, o lo había heredado en esa memoria de la raza que llamamos instinto.
Gladys rebosaba de toda cualidad femenina. Algunos la juzgaban fría y dura; pero semejante pensamiento era una traición. Esa piel delicadamente bronceada, de color casi oriental, ese cabello negro como el cuervo, los grandes ojos líquidos, los labios carnosos pero exquisitos—todos los estigmas de la pasión estaban ahí. Pero yo era tristemente consciente de que hasta el momento nunca había hallado el secreto para hacerlos aflorar. Sin embargo, pasara lo que pasara, acabaría con la