Era, como he dicho, un foso, de paredes escarpadas y fondo plano de unas veinte pies de ancho.
Este fondo estaba alfombrado de grandes trozos de carne, la mayor parte en el último estado de putrefacción. La atmósfera era irrespirable y horrible.
Tras tropezar y atajar entre estos bultos de descomposición, di de repente con algo duro, y descubrí que un poste vertical estaba firmemente clavado en el centro de la hondonada. Era tan alto que no podía alcanzar la parte superior con la mano, y parecía estar cubierto de grasa.
De pronto recordé que llevaba una caja metálica de cerillas de cera en el bolsillo. Al encender una, pude por fin hacerme una idea de este lugar en el que había caído. No cabía duda sobre su naturaleza. Era una trampa, hecha por mano humana. El poste del centro, de unas nueve obras de largo, estaba afilado en su extremo superior y negruzco por la sangre reseca de las criaturas que habían sido empaladas en él. Los restos esparcidos por los alrededores eran fragmentos de las víctimas, que habían sido seccionados para despejar la estaca de cara al próximo que cayera en ella por torpeza. Recordé que Challenger había declarado que el hombre no podía existir en la meseta, ya que con sus débiles armas no podía valerse por sí mismo frente a los monstruos que la deambulaban. Pero ahora resultaba bastante claro cómo podía lograrse. En sus cuevas de boca estrecha los nativos, fueran quienes fuesen, tenían refugios donde los enormes saurios no podían penetrar, mientras que con sus cerebros desarrollados eran capaces de colocar tales trampas, cubiertas de ramas, a lo largo de los senderos que marcaban el paso de los animales, de modo que los destruirían a pesar de toda su fuerza y agilidad. El hombre era siempre el amo.
La pared inclinada del foso no le resultaría difícil de escalar a un hombre ágil, pero dudé mucho antes de exponerme al alcance de la