—¡Pues, claro que sí! —exclamé, sintiéndome orgulloso de mi propia audacia.
—Pero ¿qué prueba eso? —preguntó, con voz suave y persuasiva.
—Ah, ¿qué prueba en realidad? —murmuré—. ¿Qué prueba?
—¿Te lo digo? —arrulló él.
—Hágalo, se lo ruego.
—¡Demuestra —bramó, con un repentino estallido de furia— que eres el más maldito impostor de Londres, un vil y rastrero periodista que no tiene más ciencia que la decencia que lleva en las entrañas!
Se había puesto de pie con una furia demencial en los ojos. Aun en aquel momento de tensión hallé tiempo para asombrarme al descubrir que era un hombre bastante bajo, con la cabeza a la altura de mi hombro; un Hércules achaparrado cuya tremenda vitalidad se había concentrado enteramente en la profundidad, la anchura y el cerebro.
—¡Gibiris! —exclamó, inclinándose hacia delante, con los dedos sobre la mesa y el rostro abalanzado. > «¡Eso es de lo que le he estado hablando, señor; gibiris científica! ¿Creía que podía competir en astucia conmigo, usted con su cerebro del tamaño de una nuez? ¿Se creen omnipotentes, malditos plumíferos, verdad? ¿Que sus alabanzas pueden hacer a un hombre y sus críticas destruirlo? Todos debemos inclinarnos ante ustedes e intentar conseguir una buena palabra, ¿verdad? ¡A este hombre se le echa una mano y a este otro se le pone verde! ¡Alimañas rastreras, los conozco! Se les ha subido el puesto a la cabeza. Hubo un tiempo en que les cortaban las orejas. Han perdido el sentido de la proporción.