expectante. Waldron se sentó y, tras un chirrido del presidente, el profesor Challenger se levantó y avanzó hacia el borde de la tarima. En beneficio de mi periódico, transcribí su discurso palabra por palabra.
“Señoras y señores —comenzó, en medio de una prolongada interrupción procedente del fondo—, pido perdón; señoras, señores y niños, debo disculparme, pues involuntariamente había omitido a una parte considerable de este público” (tumulto, durante el cual el profesor permaneció de pie con una mano levantada y su enorme cabeza asintiendo con simpatía, como si estuviera impartiendo una bendición pontificia a la multitud), “he sido elegido para proponer un voto de agradecimiento al señor Waldron por la intervención tan pintoresca e imaginativa que acabamos de escuchar. Hay puntos en ella con los que no estoy de acuerdo, y ha sido mi deber señalarlos a medida que surgían, pero, a pesar de todo, el señor Waldron ha cumplido bien su propósito, cuyo fin era ofrecer un relato sencillo e interesante de lo que él imagina que ha sido la historia de nuestro planeta. Las conferencias divulgativas son las más fáciles de escuchar, pero el señor Waldron” (aquí sonrió radiante y parpadeó hacia el conferenciante) “me disculpará si digo que son necesariamente tanto superficiales como engañosas, ya que deben adaptarse a la comprensión de un público ignorante”. (Vítores irónicos.) “Los conferenciantes divulgativos son parásitos por naturaleza”. (Gesto airado de protesta por parte del señor Waldron.) “Explotan por fama o dinero el trabajo realizado por sus hermanos indigentes y desconocidos. El más pequeño hecho nuevo obtenido en el laboratorio, un solo ladrillo colocado en el templo de la ciencia, supera con creces cualquier exposición de segunda mano que ayude a pasar una hora de ocio, pero que no puede dejar tras de sí ningún resultado útil. Expongo esta obvia reflexión, no por el deseo de menospreciar al señor Waldron en particular, sino para que no perdáis vuestro sentido de la proporción y confundáis al acólito con el sumo sacerdote”. (En este punto, el señor Waldron le susurró algo al presidente, quien se incorporó a medias y le dijo algo con severidad a su jarra de agua.)