prolongado, con la nota alta y estridente de Summerlee subiendo y bajando al compás del resonante bajo de Challenger. No habría vuelto a pensar en el comentario de lord John de no ser porque una vez más aquella noche le oí murmurar para sí: «Arcilla azul... ¡arcilla en una chimenea volcánica!». Fueron las últimas palabras que escuché antes de caer en un sueño exhausto.
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Las cosas más maravillosas han sucedido
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