camino. Es justo, sin embargo, ya que el señor Summerlee va a comprobar mi afirmación, que yo tenga a uno o más con él que puedan comprobar la suya. No les ocultaré que hay dificultades y peligros. El señor Summerlee necesitará un colega más joven. ¿Puedo pedir
Es así como la gran crisis de la vida de un hombre le sale al paso.
¿Podría haber imaginado al entrar en aquel salón que estaba a punto de comprometerme en una aventura más audaz que cualquiera de las que jamás había soñado?
Pero Gladys—¿no era acaso la misma oportunidad de la que ella hablaba? Gladys me habría dicho que fuera.
Me había puesto en pie de un salto. Estaba hablando y, sin embargo, no había preparado ninguna palabra. Tarp Henry, mi compañero, tiraba de mi ropa y le oí susurrar: «¡Siéntate, Malone! No hagas el ridículo en público».
Al mismo tiempo, me di cuenta de que un hombre alto y delgado, de pelo pelirrojo oscuro, unas pocas localidades delante de mí, también se había levantado. Me miró fijamente con duros ojos enfurecidos, pero me negué a ceder.
“Iré, señor presidente,” repetía una y otra vez.
“¡Nombre! ¡Nombre!”, gritó el público.
“Me llamo Edward Dunn Malone. Soy el reportero del Daily Gazette. Pretendo ser un testigo absolutamente imparcial”.
—¿Cómo se llama usted, caballero? —preguntó el presidente a mi alto rival.