Incluso el mestizo curtido y fanfarrón parecía amedrentado. Aprendí, sin embargo, aquel día de una vez por todas, que tanto Summerlee como Challenger poseían ese tipo superior de valor, el valor de la mente científica. El suyo era el espíritu que sostuvo a Darwin entre los gauchos de la Argentina o a Wallace entre los cazadores de cabezas de Malaya. Está decretado por una naturaleza clemente que el cerebro humano no puede pensar en dos cosas simultáneamente, de modo que, si está sumergido en la curiosidad por la ciencia, no le queda espacio para consideraciones meramente personales. Todo el día, en medio de aquella incesante y misteriosa amenaza, nuestros dos profesores observaron cada ave en vuelo y cada arbusto en la orilla, con muchas y agudas disputas verbales, cuando el gruñido seco de Summerlee saltaba rápidamente tras el ronco rugido de Challenger, pero sin mayor sentido del peligro y sin más mención a los indios que tocaban los tambores que si estuvieran sentados juntos en la sala de fumadores del Club de la Royal Society en St. James’s Street. Tan solo una vez se dignaron a hablar de ellos.
«Caníbales miranhas o amajuacas», dijo Challenger, haciendo un gesto con el pulgar hacia el bosque resonante.
—Sin duda, señor —respondió Summerlee—. Como en todas las tribus de este tipo, espero encontrar que tienen un habla polisintética y que son de tipo mongol.
—Polisintética, desde luego —dijo Challenger con indulgencia—. No me consta que exista ningún otro tipo de lengua en este continente, y tengo apuntes de más de un centenar. La teoría mongola me inspira una profunda sospecha.