—¿Y puedo ir? —pregunté con entusiasmo.
“Pues, desde luego que sí —respondió con cordialidad—.
Poseía un aire inmensamente macizo y afable, que resultaba casi tan abrumador como su violencia. Su sonrisa de benevolencia era algo maravilloso, cuando sus mejillas se convertían de pronto en dos manzanas rojas, entre sus ojos entrecerrados y su gran barba negra.
Por supuesto, venga. Será un consuelo para mí saber que tengo un aliado en la sala, por muy ineficaz e ignorante que sea en el tema. Me imagino que habrá un público numeroso, pues Waldron, aunque es un charlatán absoluto, cuenta con un considerable seguimiento popular. Ahora bien, señor Malone, le he dedicado algo más de tiempo del que tenía previsto. El individuo no debe monopolizar lo que está destinado al mundo. Me encantará verle en la conferencia de esta noche. Entre tanto, comprenderá que no debe hacerse ningún uso público de ninguno de los materiales que le he proporcionado”.
“Pero el señor McArdle—mi redactor de noticias, ya sabe—querrá saber qué he hecho”.
—Dígale lo que le guste. Puede decirle, entre otras cosas, que si vuelve a enviar a alguien a molestarme, iré a visitarlo con una fusta. Pero dejo en sus manos que nada de todo esto aparezca publicado. Muy bien. Entonces, en el Salón del Instituto Zoológico a las ocho y media de esta noche.
Me quedó una última impresión de mejillas rojas, barba azul ondulada e intolerantes ojos, mientras me despedía agitando la mano para que saliera del despacho.