—Si vuestra señoría me permite bondadosamente abrir la boca, tendré el gusto de expresar mis sentimientos —dijo con elaborado sarcasmo—. No tengo la costumbre de que me llamen la atención de la manera que parece ser habitual en vuestra señoría. No sabía que fuera necesario pedir vuestro permiso antes de sonreír ante una broma inofensiva.
No fue sino hasta que hubo recibido sus disculpas cuando nuestro quisquilloso amigo consintió en dejarse apaciguar.
Cuando por fin sus ofendidos sentimientos se tranquilizaron, se dirigió a nosotros con cierta extensión desde su asiento sobre un árbol caído, hablando, según era su costumbre, como si estuviera impartiendo información preciosísima a una clase de mil alumnos.
—En cuanto a la marca —dijo—, me inclino a estar de acuerdo con mi amigo y colega, el profesor Summerlee, en que las manchas son de asfalto. Como esta meseta es, por su propia naturaleza, altamente volcánica, y como el asfalto es una sustancia que uno asocia con fuerzas plutónicas, no me cabe duda de que existe en estado líquido libre, y de que las criaturas pueden haber entrado en contacto con él. Un problema mucho más importante es la cuestión de la existencia del monstruo carnívoro que ha dejado sus huellas en este claro. Sabemos, a grandes rasgos, que esta meseta no es mayor que un condado inglés promedio. Dentro de este espacio confinado, un cierto número de criaturas, en su mayoría tipos que han desaparecido en el mundo de abajo, han vivido juntas durante innumerables años. Ahora bien, me resulta muy evidente que en un periodo tan largo cabría esperar que las criaturas carnívoras, multiplicándose sin control, hubieran agotado su suministro de alimento y se hubieran visto