Prueba tu suerte con el profesor Challenger
Siempre me gustó McArdle, el malhumorado, viejo, jorobado y pelirrojo redactor jefe, y tenía la esperanza de que yo le cayera bien.
Por supuesto, Beaumont era el verdadero jefe; pero vivía en la atmósfera enrarecida de alguna altura olímpica desde la cual no alcanzaba a distinguir nada que fuera menor que una crisis internacional o una escisión en el Gabinete.
A veces lo veíamos pasar con solitaria majestad hacia su santuario interior, con la mirada vagamente perdida y la mente rondando por los Balcanes o el golfo Pérsico. Él estaba por encima y más allá de nosotros.
Pero McArdle era su lugarteniente, y a él era a quien conocíamos. El viejo asintió con la cabeza al entrar yo en la habitación y se empujó las gafas hacia lo alto de su calva frente.
—Pues, señor Malone, por lo que tengo entendido, parece que le va muy bien —dijo con su amable acento escocés.
Le di las gracias.
—La explosión de la mina de carbón fue excelente. Lo mismo puede decirse del incendio de Southwark. Tienes el verdadero toque descriptivo. ¿Para qué querías verme?