El alboroto de su llegada aún no se había apagado cuando el profesor Ronald Murray, el presidente, y el señor Waldron, el conferenciante, se abrieron paso hacia el frente y dieron comienzo los actos.
El profesor Murray me perdonará, estoy seguro, si digo que tiene el defecto común a la mayoría de los ingleses de ser inaudible. Por qué diablos la gente que tiene algo que decir que vale la pena escuchar no se toma la pequeña molestia de aprender a hacerse oír es uno de los extraños misterios de la vida moderna. Sus métodos son tan sensatos como intentar verter un líquido precioso desde el manantial hasta el depósito a través de una tubería aislante, que con el menor esfuerzo podría abrirse.
El profesor Murray hizo varias observaciones profundas a su pajarita blanca y a la botella de agua sobre la mesa, con un aparte humorístico y chispeante dirigido al candelabro de plata a su derecha. Luego se sentó, y el señor Waldron, el famoso conferenciante popular, se levantó en medio de un murmullo general de aplausos.
Era un hombre severo y demacrado, de voz áspera y modales agresivos, pero tenía el mérito de saber asimilar las ideas de otros hombres y transmitirlas de un modo inteligible e incluso interesante para el público profano, con una feliz habilidad para resultar gracioso sobre los objetos más inverosímiles, de modo que la precesión de los equinoccios o la formación de un vertebrado se convertían en un proceso sumamente humorístico tal como él los trataba.
Era una perspectiva cenital de la creación, tal como la interpreta la ciencia, la que él desplegó ante nosotros en un lenguaje siempre claro y a veces pintoresco. Nos habló del globo terráqueo, una enorme masa de gas llameante, brillando con fuerza a través de los cielos. Luego describió la solidificación, el enfriamiento, las arrugas que formaron las montañas, el vapor que se convirtió en agua, la lenta