arriba, y nadie sabrá dónde yace ni vendrá a cubrirlos. Mientras se esté muriendo, piense en López, a quien usted mató hace cinco años en el río Putomayo. Soy su hermano y, pase lo que pase, moriré feliz ahora, porque su memoria ha sido vengada. Una mano furiosa se agitó hacia nosotros y luego todo quedó en silencio.
Si el mestizo se hubiera limitado a cobrarse su venganza y a huir después, todo le habría ido bien. Fue ese impulso latino, tan absurdo como irresistible, de querer dramatizar lo que provocó su propia caída.
Roxton, el hombre que se había ganado el apodo del Azote del Señor en tres países, no era alguien a quien se pudiera desafiar impunemente. El mestizo estaba descendiendo por el otro lado del pináculo; pero antes de que pudiera tocar el suelo, lord John corrió por el borde de la meseta y alcanzó un punto desde el que podía ver a su hombre.
Sonó una sola detonación de su rifle y, aunque no vimos nada, oímos el grito y luego el ruido sordo y lejano del cuerpo al caer. Roxton volvió hacia nosotros con rostro de granito.
—He sido un simplón ciego —dijo con amargura—. Es mi insensatez la que os ha metido a todos en este aprieto. Debería haber recordado que esta gente tiene buena memoria para las sangrientas enemistades, y haber estado más en guardia.
¿Y el otro? Hicieron falta dos para echar ese árbol por el borde de la pendiente.
“Pudiera haberle disparado, pero lo dejé marchar. Puede que no haya tenido nada que ver en el asunto. Quizá habría sido mejor que lo hubiese matado, pues tuvo que haber colaborado, como usted dice.”
Ahora que teníamos la pista de su conducta, cada uno de nosotros podía rememorar y recordar algún acto siniestro por parte del mestizo: su