“Nada de eso —dijo el Profesor, con severidad—.
Viviendo, como vivo, en un ambiente culto y científico, no habría podido concebir que los primeros principios de la zoología fuesen tan poco conocidos. ¿Es posible que usted no sepa el hecho elemental de la anatomía comparada de que el ala de un ave es en realidad el antebrazo, mientras que el ala de un murciélago consta de tres dedos alargados con membranas entre ellos? Ahora bien, en este caso, el hueso ciertamente no es el antebrazo, y usted mismo puede ver que se trata de una sola membrana que cuelga de un solo hueso y que, por lo tanto, no puede pertenecer a un murciélago. Pero si no es ni ave ni murciélago, ¿qué es?”.
Mi pequeño caudal de conocimientos se había agotado.
—Realmente no lo sé —dije.