Salimos dando un salto mortal hacia atrás por los escalones de la entrada. He visto a los dos Mac intentar algo parecido en los halls, pero parece que se necesita cierta práctica para hacerlo sin hacer daño. La silla quedó reducida a astillas al fondo, y rodamos por separado hasta el arroyo. Él se puso en pie de un salto, agitando los puños y resoplando como un asmático.
—¿Ya has tenido bastante? —jadeó él.
—¡Maldito matón! —grité mientras me incorporaba.
Allí mismo deberíamos haber probado suerte, pues él bullía en deseos de pelea, pero afortunadamente fui rescatado de una situación odiosa. Un policía estaba a nuestro lado, con su libreta en la mano.
—¿Qué es todo esto? Debería darle vergüenza —dijo el policía.
Fue el comentario más racional que había escuchado en Enmore Park.
—Bueno —insistió, dirigiéndose a mí—, ¿qué es entonces?