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nydus/The Jungle BookPublic
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The White Seal

Así que avanzaron muy despacio, pasando por el Cuello del León Marino y la Casa Webster, hasta llegar a la Casa de la Sal, justo fuera de la vista de los focas en la playa. Kotick los siguió, jadeando y preguntándose qué pasaba. Pensó que estaba en el confín del mundo, pero el bramido de los criaderos de focas a sus espaldas sonaba tan fuerte como el rugido de un tren en un túnel. Luego Kerick se sentó sobre el musgo, sacó un pesado reloj de estaño y dejó que la manada se enfriara durante treinta minutos, y Kotick pudo oír el roción de la neblina goteando desde el ala de su gorra. Entonces llegaron diez o doce hombres, cada uno con una estaca reforzada de hierro de tres o cuatro pies de largo, y Kerick señaló uno o dos ejemplares de la manada que habían sido mordidos por sus compañeros o estaban demasiado calientes, y los hombres los a apartaron de una patada con sus pesadas botas hechas con la piel de la garganta de una morsa, y entonces Kerick dijo: «¡Soltadlos!» y acto seguido los hombres apalearon a los focas en la cabeza tan rápido como pudieron.

Diez minutos más tarde, el pequeño Kotick ya no reconocía a sus amigos, pues sus pieles habían sido arrancadas desde la nariz hasta las aletas traseras, desolladas y arrojadas al suelo en un montón.

Eso le bastó a Kotick. Dio media vuelta y galopó (un foca puede galopar muy velozmente durante poco tiempo) de regreso al mar, con su nuevo y pequeño bigote erizado de horror.

En el Cuello del León Marino, donde los grandes leones marinos se sientan al borde del oleaje, se arrojó aletas por delante al agua fresca, y se mecía allí, jadeando miserablemente.

—¿Qué hay por aquí? —dijo un león marino con voz ronca; pues, por lo general, los leones marinos van a lo suyo.

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