Pastorear en la India es una de las cosas más perezosas del mundo. El ganado se mueve, cruje, se echa y vuelve a ponerse en marcha, y ni siquiera muge. Solo gruñen, y los búfalos muy rara vez dicen nada, sino que se meten en los charcos fangosos uno tras otro, y se adentran en el lodo hasta que solo sus hocicos y sus ojos fijos de color azul porcelana asoman por encima de la superficie, y allí se quedan tumbados como troncos.
El sol hace bailar las rocas con el calor, y los niños pastores oyen a un Milano (nunca a ninguno más) silbar casi fuera de la vista allá arriba, y saben que si murieran, o una vaca muriera, ese milano descendería en picado, y el milano siguiente a millas de distancia lo vería caer y lo seguiría, y el otro, y el otro, y casi antes de que estuvieran muertos habría una veintena de milanos hambrientos salidos de la nada.
Luego duermen y se despiertan y vuelven a dormir, y tejen cestitas de hierba seca y meten saltamontes en ellas; o atrapan dos mantis religiosas y las hacen pelear; o ensartan un collar de nueces rojas y negras de la selva; o miran a un lagarto tomando el sol sobre una roca, o a una serpiente cazando una rana cerca de los lodazales.
Luego cantan canciones muy, muy largas con extraños quiebros nativos al final, y el día parece más largo que la vida entera de la mayoría de la gente, y tal vez hacen un castillo de barro con figuras de barro de hombres, caballos y búfalos, y ponen juncos en las manos de los hombres, y fingen que son reyes y las figuras son sus ejércitos, o que son dioses a los que hay que adorar.
Luego llega la tarde, y los niños llaman, y los búfalos salen pesadamente del lodo pegajoso con ruidos como disparos de pistola que resuenan uno tras otro, y todos cruzan en fila la llanura gris de regreso hacia las centelleantes luces de la aldea.