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nydus/The Jungle BookPublic
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Rikki-Tikki-Tavi

—Todas las mangostas son así —dijo su esposo—. Si Teddy no lo agarra por la cola ni intenta meterlo en una jaula, se pasará el día entrando y saliendo de la casa. Vamos a darle algo de comer.

Le dieron un pedacito de carne cruda. A Rikki-tikki le gustó muchísimo, y cuando terminó, salió a la galería, se sentó al sol y se ahuecó el pelo para secárselo hasta la raíz. Entonces se sintió mejor.

«Hay más cosas por descubrir en esta casa —se dijo— de las que toda mi familia podría averiguar en toda su vida. Sin duda me quedaré a descubrirlas».

Pasó todo ese día deambulando por la casa. Por poco se ahoga en las bañeras, metió el hocico en el tintero de una mesa de escritorio y se lo quemó con la punta del puro del hombre grandulón, pues se había subido a las rodillas del hombre grandulón para ver cómo se escribía.

Al caer la noche corrió a la habitación de Teddy para ver cómo encendían las lámparas de queroseno, y cuando Teddy se fue a la cama, Rikki-tikki también trepó; pero era un compañero inquieto, porque tenía que levantarse y atender a cada ruido durante toda la noche, y averiguar qué lo producía.

El padre y la madre de Teddy entraron, a última hora, para ver a su muchacho, y Rikki-tikki estaba despierto sobre la almohada.

«No me gusta eso —dijo la madre de Teddy—; puede morder al niño».

—No hará nada de eso —dijo el padre—. Teddy está más seguro con esa pequeña fiera que si tuviera un sabueso para vigilarlo. Si ahora entrara una serpiente en la habitación de los niños...

Pero a la madre de Teddy ni se le hubiera ocurrido algo tan horrible.

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