el ceño ante la multitud.
—¿De qué hay que tener miedo? —dijo el sacerdote.
—Mire las marcas en sus brazos y piernas. Son mordeduras de lobos. No es más que un niño-lobo escapado de la selva.
Por supuesto, al jugar juntos, los lobatos a menudo le habían mordido a Mowgli más fuerte de lo que pretendían, y había cicatrices blancas por todos sus brazos y piernas. Pero él habría sido la última persona en el mundo en llamar a esto mordiscos; pues sabía lo que significaba un mordisco de verdad.
“¡Arré! ¡Arré!” dijeron dos o tres mujeres a la vez.
“¡Ser mordido por los lobos, pobre niño! Es un muchacho hermoso. Tiene ojos como fuego rojo. A fe mía, Messua, que no es desemejante a tu hijo que se llevó el tigre”.
—Déjame mirar —dijo una mujer con pesados anillos de cobre en las muñecas y los tobillos, y escudriñó a Mowgli bajo la palma de su mano—.