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nydus/The Jungle BookPublic
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Toomai de los Elefantes

altura, que corrían bajo sus vientres; elefantes jóvenes a los que los colmillos apenas empezaban a asomarles y que estaban muy orgullosos de ellos; elefantas viejas, desgarbadas y huesudas, de rostros hundidos y llenos de ansiedad, y con trompas parecidas a la corteza rugosa; salvajes elefantes macho viejos, marcados desde el hombro hasta el ijar con grandes cardenales y cortes de peleas pasadas, y con la tierra seca de sus baños de barro solitarios cayéndoseles de los hombros; y había uno con un colmillo partido y las marcas de la zarpada a fondo, el terrible arañazo de arrastre de las garras de un tigre, en el costado.

Estaban de pie con las cabezas juntas, o caminaban de un lado a otro por el terreno en parejas, o se mecían y balanceaban todos solos: decenas y decenas de elefantes.

Toomai sabía que mientras permaneciera quieto sobre el cuello de Kala Nag no le pasaría nada; porque incluso en la prisa y el tropel de una batida de captura (Keddah), un elefante salvaje no levanta la trompa para arrancar a un hombre del cuello de un elefante domesticado; y esa noche aquellos elefantes no estaban pensando en los hombres.

Una vez se sobresaltaron y adelantaron las orejas al oír el tintineo de un grillete de hierro en el bosque, pero era Pudmini, la elefanta mimada de Petersen Sahib, con la cadena rota de cuajo, gruñendo y resoplando ladera arriba. Debía de haber roto sus estacas y venido directamente del campamento de Petersen Sahib; y el pequeño Toomai vio a otro elefante, uno al que no conocía, con profundas rozaduras de cuerda en el lomo y en el pecho. Él también debía de haberse escapado de algún campamento en las colinas de los alrededores.

Por fin dejó de oírse el menor rastro de elefantes moviéndose en el bosque, y Kala Nag salió rodando de su puesto entre los árboles y se metió en medio de la muchedumbre, emitiedo chasquidos y gorgoritos, y todos los elefantes empezaron a hablar en su propia lengua y a moverse de un lado a otro.

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