platito de leche todas las noches porque era sagrada; y los viejos se sentaban alrededor del árbol y conversaban, y aspiraban de los grandes huqas [las pipas de agua] hasta bien entrada la noche.
Contaban maravillosas historias de dioses, de hombres y de fantasmas; y Buldeo contaba otras aún más maravillosas sobre las costumbres de las bestias en la selva, hasta a los niños sentados fuera del círculo se les salían los ojos de las órbitas.
La mayoría de los relatos trataban sobre animales, pues la selva estaba siempre a las puertas de sus casas. Los ciervos y los jabalíes arrasaban sus cosechas, y de vez en cuando el tigre se llevaba a un hombre al anochecer, a la vista misma de las puertas de la aldea.
Mowgli, que naturalmente sabía algo de lo que estaban hablando, tuvo que taparse la cara para no mostrar que se estaba riendo, mientras Buldeo, con el mosquete de la Torre sobre las rodillas, trepaba de una historia maravillosa a otra, y los hombros de Mowgli temblaban.
Buldeo explicaba cómo el tigre que se había llevado al hijo de Messua era un tigre fantasma, y en su cuerpo habitaba el espíritu de un viejo usurero malvado, que había muerto hacía algunos años.
«Y sé que esto es verdad —dijo—, porque Purun Dass siempre cojeaba del golpe que recibió en un motín cuando quemaron sus libros de cuentas, y el tigre del que hablo cojea también, pues las huellas de sus zarpas son desiguales».
—Es verdad, es verdad; esa debe ser la verdad —dijeron los barbudos, asintiendo al unísono.
—¿Son todos estos cuentos telarañas y habladurías de la luna? —dijo Mowgli—. Que ese tigre cojea porque nació cojo, lo sabe todo el mundo.