No hubo respuesta, y Madre Loba se preparó para lo que sabía sería su última pelea, si las cosas llegaban a los golpes.
Luego, la única otra criatura a la que se le permite estar en el Consejo de la Manada —Baloo, el oso perezoso de color marrón que enseña la Ley de la Selva a los lobatos; el viejo Baloo, que puede ir y venir por donde le plazca porque solo come nueces, raíces y miel— se puso sobre sus cuartos traseros y gruñó.
—¿El cachorro de hombre?, ¿el cachorro de hombre? —dijo—. Yo respondo por el cachorro de hombre. No hay daño en un cachorro de hombre. No tengo el don de la palabra, pero digo la verdad. Dejadle correr con la Manada y ser aceptado con los demás. Yo mismo le enseñaré.
—Necesitamos otro más —dijo Akela—. Baloo ha hablado, y él es nuestro maestro para los cachorros. ¿Quién habla además de Baloo?
Una sombra negra cayó dentro del círculo. Era Bagheera, la Pantera Negra, completamente negra como la tinta, pero con las manchas de pantera visibles con ciertas luces, como el patrón de la seda adamasqueada. Todo el mundo conocía a Bagheera, y a nadie le apetecía cruzares en su camino; pues era tan astuto como Tabaqui, tan audaz como el búfalo salvaje y tan temerario como el elefante herido. Pero tenía una voz tan suave como la miel silvestre goteando de un árbol, y una piel más suave que el plumón.
—Oh Akela, y vosotros, el Pueblo Libre —ronroneó—, no tengo derecho en vuestra asamblea; pero la Ley de la Selva dice que si hay una duda que no sea asunto de muerte con respecto a un cachorro nuevo, la vida de ese cachorro puede comprarse por un precio. Y la Ley no dice quién puede o no puede pagar ese precio. ¿Tengo razón?
—¡Bien! ¡Bien! —dijeron los lobos jóvenes, que siempre tienen hambre—. Escuchad a Bagheera. El cachorro puede ser comprado por un precio.