invadidos por la hierba y la maleza, tenía un aspecto tan apagado como cualquier lugar que haya visto jamás. El mar se agitaba bajo una espesa niebla blanca; y nada más se movía, salvo unos cuantos hiladores madrugadores que, con el hilo retorcido alrededor del cuerpo, parecían estar hilándose a sí mismos para convertirse en cables, cansados como estaban de su actual estado de existencia.
Pero cuando entramos en una habitación cálida de un excelente hotel y nos sentamos, cómodamente aseados y vestidos, a tomar un desayuno temprano (pues era demasiado tarde para pensar en irnos a la cama), Deal empezó a mostrar mejor semblante.
Nuestra pequeña habitación era como el camarote de un barco, y eso le encantó a Charley.
Entonces la niebla empezó a levantarse como un telón, y aparecieron multitud de barcos que ni sospechábamos que estuvieran cerca. No sé cuántas embarcaciones nos dijo el camarero que se hallaban entonces fondeadas en la rada. Algunas de estas naves eran de gran tamaño —una de ellas era un gran Indiaman que acababa de regresar—, y cuando el sol brillaba a través de las nubes, formando charcos plateados en el mar oscuro, la manera en que estos barcos se iluminaban, ensombrecían y cambiaban, en medio del bullicio de los botes que se alejaban de la orilla hacia ellos y de ellos hacia la orilla, y de una vida y un movimiento generales en ellos mismos y en todo lo que los rodeaba, era hermosísima.
El gran indiamen era nuestra gran atracción porque había entrado en la rada durante la noche. Estaba rodeado de botes, y decíamos qué contenta debía de estar la gente a bordo de él al pisar tierra. Charley también tenía curiosidad por el viaje, por el calor en la India, y por las serpientes y los tigres; y como ella