abandonarás a esta señora que andamos buscando; no la dejarás en una noche como esta y en el estado de ánimo en que sé que se encuentra! —dije, presa de la angustia, mientras le apretaba la mano.
“Tienes razón, querida, no lo haré. Pero seguiré al otro. Andad listos con estos caballos. Mandad a un hombre a caballo hacia adelante hasta la siguiente posta, y que mande a otro más adelante todavía, y ordenad cuatro más, arriba, de un tirón. ¡Vida mía, no tengas miedo!”
Estas órdenes y la forma en que corría por el patio instándolos causaron una emoción general que no era apenas menos desconcertante para mí que el cambio repentino.
Pero en el colmo de la confusión, un hombre a caballo salió al galope para encargar los relevos, y a nuestros caballos se les afianzaron los arneses con gran rapidez.