El viejo caballero tiene un aspecto herrumbroso, pero tiene fama de haber prosperado notablemente gracias a capitulaciones matrimoniales y testamentos aristocráticos, y de ser muy rico. Está rodeado por un halo misterioso de confidencias familiares, de las cuales se sabe que es el depositario silencioso. Hay mausoleos nobiliarios arraigados durante siglos en apartados claros de los parques, entre la madera en crecimiento y los helechos, que tal vez guarden menos secretos nobiliarios que los que deambulan entre los hombres, encerrados en el pecho de Mr. Tulkinghorn. Es de lo que se llama la vieja escuela —frase que por lo general significa cualquier escuela que parece no haber sido joven jamás— y viste calzones cortos atados con cintas, y polainas o medias. Una peculiaridad de su ropa negra y de sus medias negras, ya sean de seda o de lana, es que nunca brillan. Mudo, hermético, insensible a cualquier luz fugaz, su traje es como él mismo. Jamás conversa cuando no se le consulta profesionalmente. Se le encuentra a veces, taciturno pero muy a sus anchas, en las esquinas de las mesas en grandes casas de campo y cerca de las puertas de los salones, sobre los cuales la crónica de sociedad es elocuente, donde todo el mundo lo conoce y donde la mitad de la nobleza se detiene a decir: «¿Cómo está, Mr. Tulkinghorn?». Él recibe estos saludos con gravedad y los entierra junto con el resto de sus conocimientos.
Sir Leicester Dedlock está con mi Lady y se alegra de ver a Mr. Tulkinghorn.
Hay en él un aire de costumbre consagrada que siempre le resulta grato a Sir Leicester; lo recibe como una especie de tributo.
Le gusta la indumentaria de Mr. Tulkinghorn; hay también en eso una especie de tributo. Es eminentemente respetable y, asimismo, en un sentido general, propio de un vasallo. Expresa, por así decirlo, al mayordomo de los misterios legales, al sumiller de la bodega legal, de los Dedlock.