muy tranquilo respecto a mí, pues me dejarás aquí bajo su cuidado y tendrás la seguridad de que no podré desear nada más; ten la total seguridad de que me guiaré por sus consejos. Yo… yo no dudo, primo Richard —dijo Ada, un poco confusa—, de que me quieres mucho, y yo… yo no creo que te vayas a enamorar de ninguna otra persona. Pero también me gustaría que lo pensaras bien, del mismo modo que desearía que fueras muy feliz en todo. Puedes confiar en mí, primo Richard. No soy nada inconstante; pero tampoco soy insensata, y jamás te culparía. Hasta los primos pueden sentir pena al separarse; y a decir verdad siento muchísima, muchísima pena, Richard, aunque sé que es por tu bien. Siempre pensaré en ti con afecto, y a menudo hablaré de ti con Esther, y… y tal vez tú pienses un poco en mí a veces, primo Richard. Así que ahora —dijo Ada, acercándose a él y dándole su mano temblorosa—, volvemos a ser solo primos, Richard —tal vez por ahora—, ¡y ruego que una bendición acompañe a mi querido primo, adondequiera que vaya!
Se me hacía extraño que Richard no fuera capaz de perdonar a mi tutor el haber abrigado exactamente la misma opinión sobre él que él mismo me había expresado con términos mucho más enérgicos. Pero así era, sin duda.
Observé con gran pesar que a partir de aquel momento nunca volvió a mostrarse tan franco y abierto con el señor Jarndyce como antes. Se le dieron todos los motivos para serlo, pero no lo fue; y, únicamente por su parte, comenzó a surgir un distanciamiento entre ellos.
En los asuntos de preparativos y