habitación como de costumbre, mi madrina asomó la cabeza por la puerta de la sala y me llamó. Sentado con ella, encontré —lo cual era en verdad muy inusual— a un forastero. Un caballero fornido y de aspecto importante, vestido enteramente de negro, con corbata blanca, grandes dijes de oro en el reloj, un par de gafas también de oro y un gran sello en el dedo meñique.
—Este —dijo mi madrina en voz baja— es el niño. —Luego dijo, con su tono de voz naturalmente severo—: Esta es Esther, caballero.
El caballero se puso los anteojos para mirarme y dijo: «¡Ven aquí, querida!». Me dio la mano y me pidió que me quitara el sombrero, mirándome todo el tiempo. Cuando hube obedecido, dijo: «¡Ah!» y después «¡Sí!». Y entonces, quitándose los anteojos y guardándolos en un estuche rojo, y recostándose