evidentemente piensa en aquellas ovejas que lo han tenido ocupado durante algunas horas y de las que ya se ha librado felizmente. Parece perplejo respecto a tres o cuatro, no recuerda dónde las dejó, mira arriba y abajo por la calle como si medio esperara verlas descarriadas, de repente endereza las orejas y se acuerda de todo. Un perro totalmente vagabundo, acostumbrado a la mala vida y a las tabernas; un perro temible para las ovejas, dispuesto al menor silbazo a corretear sobre sus lomos y arrancarles mechones de lana; pero un perro educado, mejorado, desarrollado, al que se le han enseñado sus deberes y sabe cómo cumplirlos. Él y Jo escuchan la música, probablemente con más o menos el mismo grado de satisfacción animal; asimismo, en cuanto a asociación despertada, aspiración o arrepentimiento, referencia melancólica o alegre a cosas más allá de los sentidos, probablemente estén a la par. Pero, por lo demás, ¡cuánto está por encima el bruto del oyente humano!
Haz que los descendientes de ese perro se vuelvan salvajes, como Jo, y en muy pocos años se degenerarán tanto que perderán incluso el ladrido, pero no la mordedura.
El día cambia a medida que se agota y se vuelve oscuro y lloviznoso.
Jo se abre paso como puede en su cruce entre el fango y las ruedas, los caballos, los látigos y los paraguas, y apenas consigue una mísera suma para pagar el repugnante cobijo de Tom-all-Alone’s.
Llega el crepúsculo; el gas empieza a encenderse en las tiendas; el farolero, con su escalera, corre por el borde de la acera.
Una tarde miserable empieza a cerrarse.
En sus aposentos, el señor Tulkinghorn medita solicitar mañana por una mañana ante el magistrado más cercano una orden de arresto. Gridley, un litigante frustrado, ha estado hoy aquí y se ha mostrado alarmante. No vamos a permitir que se nos atemorice físicamente, y ese