suponen bautizada con el nombre de Augusta) quien, a pesar de haber sido criada o subcontratada durante su etapa de crecimiento por un amable bienhechor de su especie residente en Tooting, y de no haber podido por menos de desarrollarse bajo las circunstancias más favorables, «sufre ataques» que la parroquia no logra explicarse.
Guster, que en realidad cuenta con veintitrés o veinticuatro años, pero aparenta unos diez más, se ofrece a bajo precio a causa de este inexplicable inconveniente de los ataques, y vive tan temerosa de que la devuelvan a las manos de su patrona que, excepto cuando la encuentran con la cabeza en el cubo, en el fregadero, en la caldera, en la comida o en cualquier otra cosa que le quede cerca al sufrir el ataque, está siempre trabajando. Es motivo de satisfacción para los padres y tutores de los aprendices, quienes sienten que hay poco peligro de que despierte tiernas emociones en el pecho de la juventud; es motivo de satisfacción para la señora Snagsby, que siempre puede encontrarle defectos; es motivo de satisfacción para el señor Snagsby, que considera una obra de caridad mantenerla. El establecimiento del copista es, a los ojos de Guster, un templo de abundancia y esplendor. Cree que el pequeño saloncito de arriba, que siempre se mantiene, por decirlo así, con los rulos puestos y el delantal puesto, es el apartamento más elegante de la cristiandad. La vista que domina de Cook’s Court por un extremo (por no hablar de un vistazo de soslayo a Cursitor Street) y del patio trasero de Coavinses, el agente judicial, por el otro, la considera un panorama de incomparable belleza. Los retratos al óleo que exhibe —y con abundante pintura, por cierto— del señor Snagsby mirando a la señora Snagsby y de la señora Snagsby mirando al señor Snagsby son a sus ojos obras dignas de Rafael o de Tiziano. Guster tiene algunas compensaciones por sus muchas privaciones.
El señor Snagsby remite todo lo que no pertenece a los misterios prácticos del negocio a la señora Snagsby.