terminó nuestra conversación, que me alegré mucho de dar por concluida. Supongo que se marchó del pueblo, pues no la volví a ver; y no ocurrió nada más que perturbara nuestros apacibles placeres veraniegos hasta que pasaron seis semanas y regresamos a casa, tal como acabo de decir hace un momento.
Por entonces, y durante bastantes semanas después, Richard fue constante en sus visitas. Además de venir todos los sábados o domingos y quedarse con nosotros hasta el lunes por la mañana, a veces se presentaba a caballo de forma inesperada, pasaba la noche con nosotros y volvía a marchar al día siguiente temprano. Estaba tan vivaz como siempre y nos decía que era muy trabajador, pero yo no me quedaba tranquila respecto a él.
Me parecía que toda su laboriosidad estaba