—En una palabra, señora —dice el señor Tulkinghorn—, siento ser descortés, pero si vuelve a presentarse jamás aquí —o allí— sin invitación, la entregaré a la policía. Su caballerosidad es grande, pero llevan a la gente molesta por las calles de manera ignominiosa, atada a una tabla, buena mujer mía.
—Te pondré a prueba —susurra mademoiselle, extendiendo la mano—; ¡probaré si te atreves a hacerlo!
—Y si —continúa el abogado sin hacerle caso—, la pongo a usted en esa buena situación de estar encerrada en la cárcel, pasará algún tiempo antes de que se vuelva a ver en libertad.
—Te lo demostraré —repite mademoiselle con su anterior susurro.
—Y ahora —continúa el abogado, todavía sin hacerle caso—, será mejor que se vaya. Piénselo dos veces antes de volver por aquí.
—«¡Piénsalo —responde—, dos veces doscientas veces!».
—Su señora la despidió a usted, ya sabe —observa el señor Tulkinghorn, siguiéndola hacia la escalera—, por ser la más implacable e intratable de las mujeres. Ahora pase página y escarmiente con lo que le digo. Porque lo que digo, lo cumplo; y lo que amenazo, lo haré, dueña mía.
Ella baja sin responder ni mirar atrás. Cuando se ha ido, él baja también y, al regresar con su botella cubierta de telarañas, se entrega al disfrute pausado de su contenido, mientras de vez en cuando, al echar la cabeza hacia atrás en el sillón, alcanza a ver al pertinaz romano que señala desde el techo.