edificados; llega por fin, con la cabeza gacha, y su arrastrar de pies hacia atrás, y su arrastrar de pies hacia adelante, y su arrastrar de pies a la derecha, y su arrastrar de pies a la izquierda, y su gorrito de piel en la mano embarrada, que despeluja como si fuera algún pájaro sarnoso que hubiera atrapado y estuviera desplumando antes de comérselo crudo, Jo, el durísimo, durísimo caso que el señor Chadband ha de moralizar.
La señora Snagsby clava una mirada vigilante en Jo mientras este es conducido a la pequeña salita por Guster.
Él mira al señor Snagsby en cuanto entra. ¡Ajá! ¿Por qué mira al señor Snagsby? El señor Snagsby lo mira a él. ¿Por qué iba a hacer tal cosa, sino porque la señora Snagsby lo ve todo? ¿Por qué otra razón iba a cruzarse esa mirada entre ellos, por qué otro motivo iba a turbarse el señor Snagsby y a toser con una tos disimulada tras su mano? Es más claro que el agua que el señor Snagsby es el padre de ese muchacho.
“Paz, amigos míos”, dice Chadband, levantándose y enjugándose las exudaciones oleosas de su reverendo rostro.
“¡La paz sea con nosotros! Mis amigos, ¿por qué con nosotros? Porque”, con su sonrisa engreída, “no puede ser contra nosotros, porque debe ser para nosotros; porque no endurece, sino que ablanda; porque no hace la guerra como el halcón, sino que vuelve a nuestro hogar como la paloma. Por tanto, amigos míos, ¡la paz sea con nosotros! ¡Muchacho humano, acércate!”
Estirando su blanda zarpa, el señor Chadband la coloca sobre el brazo de Jo y reflexiona sobre dónde ubicarlo. Jo, muy desconfiado de las intenciones de su reverendo amigo y temiendo fundadamente que vayan a aplicarle algo práctico y doloroso, masculla: —Déjeme en paz. Yo nunca le dije nada. Déjeme en paz.