decir el capitán Swosser) por el fuego de mis cofas—. Era su manera marinera de referirse a mis ojos.
La señora Badger sacudió la cabeza, suspiró y se miró en el espejo.
—Fue un gran cambio del capitán Swosser al profesor Dingo —continuó con una sonrisa quejumbrosa—. Al principio lo noté bastante. ¡Una revolución tan completa en mi modo de vida! Pero la costumbre, unida a la ciencia —particularmente la ciencia—, me habituó a ello. Al ser la única compañera del profesor en sus excursiones botánicas, casi olvidé que había estado a bordo y llegué a ser bastante culta. ¡Es singular que el profesor fuera las antípodas del capitán Swosser y que el señor Badger no se parezca en lo más mínimo a ninguno de los dos!
Pasamos entonces a una narración sobre las muertes del capitán Swosser y el profesor Dingo, los cuales al parecer padecían dolencias muy graves. En el transcurso de la misma, la señora Badger nos dio a entender que solo una vez había amado con locura y que el objeto de aquel ardoroso afecto, imposible de evocar ya con su frescor entusiasta, era el capitán Swosser.
El profesor aún se estaba muriendo por pulgadas de la forma más lúgubre, y la señora Badger nos imitaba su manera de decir con gran dificultad: «¿Dónde está Laura? ¡Que Laura me dé mi agua con tostada!», cuando la entrada de los caballeros lo sepultó en la tumba.
Ahora bien, observé aquella tarde, como lo había observado desde hacía algunos días, que Ada y Richard estaban más unidos que nunca a la compañía del otro, lo cual era de lo más natural, visto que iban a separarse muy pronto.
Por lo tanto, no me sorprendió mucho cuando llegamos a casa, y Ada y yo nos retiramos arriba, encontrar a Ada más callada de lo habitual, aunque no estaba del todo preparada para que viniera a mis brazos y empezara a hablarme, con el rostro oculto.