CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Bleak HousePublic
Page 1082 of 1440
Table of Contents

XLVIII. Cerrando el cerco

silla. Mr. Tulkinghorn se la acerca un poco con su torpe reverencia y se retira a una ventana enfrente. Interpuesto entre ella y la agonizante luz del día en la ahora tranquila calle, su sombra cae sobre ella, oscureciéndolo todo a su paso. De ese mismo modo oscurece su vida.

Es una calle sosa en el mejor de los casos, donde las dos largas hileras de casas se miran fijamente con tal severidad que da la impresión de que media docena de sus grandes mansiones se hubieran petrificado por obra de esas miradas más que haber sido construidas originalmente con ese material.

Es una calle de una grandeza tan sombría, tan resuelta a no condescender con la alegría, que las puertas y las ventanas guardan un sombrío decoro propio a base de pintura negra y polvo, y las caballerizas resonantes que hay detrás tienen un aspecto seco y macizo, como si estuvieran reservadas para estabular los corceles de piedra de las estatuas nobiliarias.

Complicados adornos de herrería se enroscan sobre los tramos de escaleras en esta calle espantosa, y desde estos cenadores petrificados, los apagadores para antorchas obsoletas miran boquiabiertos al advenedizo gas. Aquí y allá, un débil arquillo de hierro, a través del cual los muchachos audaces aspiran a lanzar las gorras de sus amigos (su único uso actual), conserva su lugar entre el follaje mohoso, consagrado a la memoria del aceite difunto.

Es más, incluso el aceite mismo, que aún perdura a largos intervalos en un pequeño y absurdo frasco de vidrio, con un saliente en el fondo parecido a una ostra, parpadea y se amohína ante las luces más nuevas cada noche, como su venerable y rancio amo en la Cámara de los Lores.

Por lo tanto, no es mucho lo que Lady Dedlock, sentada en su sillón, podría desear ver a través de la ventana en la que está de pie el señor

1082