mi tutor con una sonrisa—, y estoy suficientemente agradecido.
Ella le había dado la mano de un modo indiferente que parecía resultarle habitual y habló en un tono correspondientemente indiferente, aunque con una voz muy agradable.
Era tan graciosa como hermosa, dueña de sí misma por completo y tenía el aire, según pensé, de ser capaz de atraer e interesar a cualquiera si lo hubiera considerado digno de su tiempo.
El guarda le había traído una silla en la que se sentó en medio del porche entre los dos.
—¿Se ha resuelto ya lo del joven caballero sobre el que usted le escribió a Sir Leicester, y cuyos deseos Sir Leicester sintió no estar en sus manos promover de ningún modo? —dijo ella por encima del hombro, dirigiéndose a mi tutor.