—Creí que eso le podría gustar más —dice el señor Guppy.
—Usted es un noble, caballero —replica Krook con otro trago, y su aliento caliente parece venir hacia ellos como una llama—. Usted es un barón del reino.
Aprovechando este momento propicio, el señor Guppy presenta a su amigo con el nombre improvisado de señor Weevle y expone el motivo de su visita.
Krook, con su botella bajo el brazo (nunca pasa de cierto grado de embriaguez ni de sobriedad), se toma su tiempo para examinar a su futuro inquilino y parece aprobarlo.
—¿Le gustaría ver la habitación, joven? —dice—. ¡Ah! ¡Es una buena habitación! Ha sido blanqueada con cal. Ha sido limpiada con jabón blando y sosa. ¡Ey! ¡Vale el doble de la renta, sin contar mi compañía cuando la quiera y una gata como esta para espantar a los ratones!
Elogiada la habitación de este modo, el viejo los lleva arriba, donde en efecto la encuentran más limpia que solía estar y conteniendo también algunos muebles viejos que él ha desenterrado de sus inagotables depósitos. Las condiciones se cierran fácilmente —pues el Lord Canciller no puede mostrarse inflexible con el señor Guppy, estando asociado como está con Kenge y Carboy, Jarndyce y Jarndyce, y otras famosas demandas merecedoras de su consideración profesional— y se acuerda que el señor Weevle tome posesión al día siguiente. El señor Weevle y el señor Guppy se dirigen entonces a Cook’s Court, Cursitor Street, donde se efectúa la presentación personal del primero ante el señor Snagsby y (lo que es más importante) se aseguran los votos y el favor de la señora Snagsby. Acto seguido, informan de sus avances al eminente Smallweed, que aguarda en la oficina con su sombrero de copa para tal fin, y se separan, explicando el señor Guppy que daría fin a su pequeña velada