Ojos negros has dejado, dices, Ojos azules ya no te atraen; Mas hoy más embelesado pareces, Que antaño te veíamos.
¡Ah, sigo a la más bella entre las bellas por nuevos parajes de placer; huellas aquí y ecos allá me guían hacia mi tesoro:
¡He aquí que se vuelve—juventud inmortal labrada en estatura mortal, fresca como la añeja verdad de las estrellas—, Naturaleza de muchos nombres!
Un gran historiador, como insistía en llamarse, que tuvo la dicha de morir hace ciento veinte años y ocupar así su puesto entre los colosos bajo cuyas enormes piernas se observa que camina nuestra pequeñez viviente, se gloría de sus copiosas observaciones y digresiones como la parte menos imitable de su obra, y especialmente de aquellos capítulos iniciales de los sucesivos libros de su historia, donde parece traer su sillón de orejas hasta el proscenio y charlar con nosotros con toda la robusta soltura de su buen inglés.
Pero Fielding vivió cuando los días eran más largos (pues el tiempo, al igual que el dinero, se mide por nuestras necesidades), cuando las tardes de verano eran espaciosas y el reloj hacía tictac lentamente en las noches de invierno. Los historiadores tardíos que somos no debemos demorarnos siguiendo su ejemplo; y si lo hiciéramos, es probable que nuestra charla fuera sutil y ansiosa, como si se emitiera desde una silla plegable en un aviario.
Yo, al menos, tengo tanto que hacer al desenredar ciertos destinos humanos, y al ver cómo fueron tejidos y entretejidos, que toda la luz de la que dispongo debe concentrarse en esta red en particular, y no dispersarse en esa tentadora gama de pertinencias llamada universo.
Por el momento tengo que dar a conocer mejor al nuevo poblador Lydgate de lo que podría estarlo cualquiera que se interese por él, e incluso mejor que a quienes más lo habían visto desde su llegada a Middlemarch.
Pues sin duda todos habrán de admitir que a un hombre se le puede inflar y colmar de alabanzas, envidiar, ridiculizar, contar con él como a una herramienta y enamorarse de él, o al menos elegirlo como futuro esposo, y aun así seguir siendo virtualmente desconocido—conocido meramente como un cúmulo de indicios para las falsas suposiciones de sus vecinos.
Sin embargo, cundía la impresión general de que Lydgate no era del todo un médico rural corriente, y en el Middlemarch de aquella época semejante impresión era indicio de que se esperaba gran cosa de él.
Pues el médico de cabecera de todo el mundo era extraordinariamente listo, y se entendía que poseía una habilidad inmensa en el manejo y tratamiento de las enfermedades más ariscas o viciosas. La prueba de su inteligencia pertenecía al orden superior de la intuición, radicando en la inquebrantable convicción de sus clientas, y era inexpugnable a cualquier objeción, salvo que las intuiciones de aquellas se oponían a las de otras igualmente firmes; cada señora que veía la verdad médica en Wrench y «el tratamiento reconstituyente» consideraba que Toller y «el sistema de depauperación» eran la perdición médica.
Pues los tiempos heroicos de las sangrías copiosas y las vesicatorias aún no habían pasado, ni mucho menos los tiempos de la teoría radical, en los que a la enfermedad en general se le colgaba algún sambenito y se la trataba en consecuencia sin vacilaciones —como si, por ejemplo, se tratara de una insurrección, a la que no debiera dispararse con fogueo, sino sacarle sangre al punto—.
Los reconstituyentes y los depauperadores eran todos hombres «listos» a juicio de alguien, lo cual es verdaderamente todo cuanto puede decirse de cualquier talento viviente.
La imaginación de nadie había llegado tan lejos como para conjeturar que el señor Lydgate pudiera saber tanto como el doctor Sprague y el doctor Minchin, los dos médicos que eran los únicos capaces de ofrecer alguna esperanza cuando el peligro era extremo y cuando la más pequeña esperanza valía una guinea.
Aun así, lo repito, existía la impresión general de que Lydgate era algo bastante más poco común que cualquier médico de cabecera en Middlemarch. Y esto era verdad. Tenía apenas veintisiete años, una edad en la que muchos hombres no son del todo comunes —en la que albergan esperanzas de grandes logros, son resueltos en sus evasivas, y piensan que Mammón jamás les pondrá un bocado en la boca ni se les montará a horcajadas, sino más bien que Mammón, si han de tener algo que ver con él, les tirará del carruaje.
Se había quedado huérfano recién salido de una escuela pública. Su padre, un militar, apenas había dejado recursos para tres hijos, y cuando el muchacho Tertius pidió recibir formación médica, a sus tutores les pareció más fácil acceder a su petición poniéndolo como aprendiz de un médico rural que poner objeciones en aras de la dignidad familiar.
Era uno de esos muchachos más raros que pronto adquieren una inclinación decidida y se proponen que hay algo en particular en la vida que les gustaría hacer por sí mismo, y no porque sus padres lo hicieran.
La mayoría de nosotros que nos volvemos hacia cualquier tema con amor recordamos alguna hora de la mañana o de la tarde en que nos subimos a un taburete alto para alcanzar un volumen inédito, o nos sentamos con los labios entreabiertos escuchando a un nuevo interlocutor, o por absoluta falta de libros comenzamos a escuchar las voces interiores, como el primer comienzo rastreable de nuestro amor.
Algo de eso le sucedió a Lydgate.
Era un muchacho avispado y, cuando entraba en calor de jugar, se tiraba en un rincón y en cinco minutos se metía de lleno en cualquier clase de libro que pudiera echar mano: si se trataba de Rasselas o de Gulliver, tanto mejor, pero el Diccionario de Bailey servía, o la Biblia con los libros apócrifos incluidos. Algo tenía que leer cuando no andaba montando en poni, ni corriendo y cazando, ni escuchando la charla de los hombres. Todo esto era cierto en él a los diez años; ya para entonces se había leído de cabo a rabo Chrysal, o las aventuras de una moneda de oro, que no era leche para niños ni ninguna mezcla de tiza pensada para pasar por leche, y ya se le había ocurrido que los libros eran pura mandanga y que la vida era una estupidez.
Sus estudios escolares no habían modificado mucho esa opinión, pues aunque «cursaba» sus clásicos y sus matemáticas, no descollaba en ellos.
Se decía de Lydgate que podía hacer cuanto le viniera en gana, pero sin duda aún no le había dado la gana de hacer nada notable.
Era un animal vigoroso de rápido entendimiento, mas ninguna chispa había encendido aún en él una pasión intelectual; el saber le parecía un asunto muy superficial, fácil de dominar: a juzgar por la conversación de sus mayores, al parecer ya había adquirido más de lo necesario para la vida madura.
Probablemente esto no era un resultado excepcional de la enseñanza costosa en aquella época de casacas de talle corto y otras modas que aún no han vuelto a repetirse.
Pero, unas vacaciones, un día lluvioso lo envió a la pequeña biblioteca de la casa a buscar una vez más un libro que pudiera resultarle algo fresco: ¡en vano! a menos que, en verdad, bajara una polvorienta hilera de tomos con lomos de papel gris y etiquetas descoloridas—los volúmenes de una vieja Cyclopaedia que nunca había tocado. Sería al menos una novedad tocarlos. Estaban en el estante más alto, y él se subió a una silla para bajarlos. Pero abrió el volumen que tomó primero del estante: no sabe uno cómo, uno tiende a leer en una postura improvisada, justo donde podría parecer inconveniente hacerlo. La página por la que abrió estaba bajo el encabezado de Anatomía, y el primer pasaje que atrajo sus ojos trataba sobre las válvulas del corazón. Él no estaba muy familiarizado con las válvulas de ninguna especie, pero sabía que valvae eran puertas de dos hojas, y a través de esta rendija brotó una luz repentina que lo sobresaltó con su primera noción vívida de un mecanismo finamente ajustado en el cuerpo humano.
Una educación liberal le había dejado, por supuesto, en libertad de leer los pasajes indecentes en los clásicos escolares, pero más allá de un sentimiento general de secretismo y obscenidad en relación con su estructura interna, había dejado su imaginación totalmente imparcial, de modo que, por lo que sabía, su cerebro yacía en pequeñas bolsas en sus sienes, y no tenía más idea de representarse cómo circulaba su sangre que de cómo el papel servía en lugar de oro.
Pero el momento de la vocación había llegado, y antes de levantarse de su silla, el mundo se le renovó por el presentimiento de procesos infinitos que llenaban los vastos espacios ocultos a su vista por esa ignorancia llena de palabras que él había supuesto que era conocimiento. Desde aquella hora Lydgate sintió el crecimiento de una pasión intelectual.
No tenemos miedo de contar una y otra vez cómo un hombre llega a enamorarse de una mujer y a unirse a ella en matrimonio, o bien a separarse fatalmente de ella.
¿Se debe a un exceso de poesía o de estupidez que nunca nos cansemos de describir lo que el rey Jacobo llamó el «cuerpo y la hermosura» de una mujer, que nunca nos cansemos de escuchar el tañido de las viejas cuerdas de los trovadores, y que nos muestremos comparativamente desinteresados por esa otra clase de «cuerpo y hermosura» que debe ser cortejada con pensamiento industrioso y paciente renuncia a los pequeños deseos?
También en la historia de esta pasión el desarrollo varía:
- a veces es el matrimonio glorioso,
- a veces la frustración y la separación definitiva.
Y no pocas veces la catástrofe está ligada a la otra pasión, cantada por los trovadores.
Pues en la multitud de hombres de mediana edad que desempeñan sus ocupaciones en una rutina diaria determinada para ellos casi de la misma manera que el nudo de sus corbatas, siempre hay un buen número que una vez tuvieron la intención de forjar sus propias acciones y alterar un poco el mundo.
La historia de cómo llegaron a moldearse según la media y a ser aptos para ser empaquetados por mayor, casi nunca se cuenta ni siquiera en su propia conciencia; porque tal vez su fervor por la generosa labor desinteresada se enfrió tan imperceptiblemente como el fervor de otros amores juveniles, hasta que un día su antiguo yo deambuló como un fantasma por su viejo hogar y volvió espeluznante el mobiliario nuevo.
¡Nada en el mundo más sutil que el proceso de su cambio gradual!
Al principio lo inhalaban sin saberlo: tú y yo tal vez hayamos enviado parte de nuestro aliento para infectarlos, cuando pronunciábamos nuestras falsedades conformistas o sacábamos nuestras tontas conclusiones; o tal vez llegó con las vibraciones de la mirada de una mujer.
Lydgate no pretendía ser uno de aquellos fracasados, y había mejores esperanzas en él porque su interés científico pronto tomó la forma de un entusiasmo profesional: tenía una fe juvenil en su trabajo para ganarse el pan, que no se dejaría sofocar por esa iniciación en los apaños llamada sus años de aprendiz; y llevó a sus estudios en Londres, Edimburgo y París la convicción de que la profesión médica, tal como podía llegar a ser, era la mejor del mundo; pues presentaba el intercambio más perfecto entre la ciencia y el arte, y ofrecía la alianza más directa entre la conquista intelectual y el bien social.
La naturaleza de Lydgate exigía esta combinación: era una criatura emotiva, con un sentido de compañerismo de carne y hueso que resistía todas las abstracciones del estudio especializado. No le importaban solo los «casos», sino Juan y Isabel, especialmente Isabel.
Había otro atractivo en su profesión: necesitaba una reforma y le brindaba a uno la oportunidad de tomar la indignada resolución de rechazar sus condecoraciones venales y demás patrañas, y de poseer cualificaciones genuinas aunque no demandadas.
Se fue a estudiar a París con la firme determinación de que, cuando regresara a casa, se establecería en alguna ciudad de provincia como médico general, y resistiría la irracional separación entre los conocimientos médicos y quirúrgicos en aras de sus propias actividades científicas, así como del avance general: se mantendría alejado del alcance de las intrigas, celos y bajezas sociales de Londres, y ganaría celebridad, por lentamente que fuera, como lo había hecho Jenner, mediante el valor independiente de su trabajo.
Pues debe recordarse que era esta una época oscura; y a pesar de los venerables colegios que hacían grandes esfuerzos por asegurar la pureza del conocimiento volviéndolo escaso, y por excluir el error mediante una rígida exclusividad en lo tocante a tasas y nombramientos, sucedía que jóvenes muy ignorantes obtenían prebendas en la ciudad, y muchos más adquirían el derecho legal a ejercer en extensas zonas rurales.
Asimismo, el elevado nivel mantenido ante la opinión pública por el Real Colegio de Médicos, que otorgaba su peculiar sanción a la costosa y sumamente depurada instrucción médica obtenida por los graduados de Oxford y Cambridge, no impidió que el curanderismo gozara de una época excelente; pues como la práctica profesional consistía principalmente en administrar una gran cantidad de fármacos, el público dedujo que tal vez estaría aún mejor con más fármacos todavía, con tal de conseguirlos baratos, y de ahí que tragara grandes medidas cúbicas de pócimas recetadas por una ignorancia sin escrúpulos que no había cursado ningún grado.
Considerando que la estadística aún no había adoptado un cálculo sobre el número de médicos ignorantes o hipócritas que por fuerza debían existir a pesar de todos los cambios, a Lydgate le parecía que un cambio en las unidades era el modo más directo de cambiar los números.
Tenía la intención de ser una unidad que marcara cierta diferencia en ese cambio propagador que algún día se reflejaría de manera perceptible en los promedios, y entretanto tener el gusto de marcar una diferencia ventajosa en las vísceras de sus propios pacientes.
Pero no se limitaba a buscar un tipo de práctica más auténtica que la habitual. Le ambicionaba un efecto más amplio: le arrebataría la posibilidad de elaborar la prueba de una concepción anatómica y constituir un eslabón en la cadena del descubrimiento.
¿Os parece incongruente que un cirujano de Middlemarch sueñe con ser un descubridor? La mayoría de nosotros, en realidad, sabemos poco de los grandes creadores hasta que han sido elevados entre las constelaciones y ya rigen nuestros destinos. Pero aquel Herschel, por ejemplo, que «rompió las barreras de los cielos», ¿no tocó una vez el órgano en una iglesia de provincia y dio clases de música a pianistas torpes? Cada uno de aquellos Seres Luminosos tuvo que caminar sobre la tierra entre vecinos que tal vez pensaban mucho más en su forma de andar y en sus ropas que en cualquier otra cosa que hubiera de otorgarle un título de fama imperecedera: cada uno de ellos tuvo su pequeña historia personal y local salpicada de pequeñas tentaciones y mezquinas cuotas de zozobra, que constituyeron la fricción retardadora de su trayectoria hacia la compañía definitiva con los inmortales.
Lydgate no era ciego a los peligros de semejante fricción, pero tenía plena confianza en su resolución de evitarla en la medida de lo posible: a sus veintisiete años, se sentía un hombre experimentado.
Y no iba a permitir que sus vanidades se vieran provocadas por el contacto con los vistosos éxitos mundanos de la capital, sino que viviría entre personas que no pudieran competir con esa búsqueda de una gran idea que debía ser un objetivo gemelo a la práctica asidua de su profesión.
Había fascinación en la esperanza de que ambos propósitos se iluminaran mutuamente: la cuidadosa observación e inferencia que constituían su labor diaria, el uso de la lente para afianzar su criterio en casos especiales, harían avanzar su pensamiento como instrumento de una investigación más amplia.
¿No era esta la eminencia típica de su profesión? Sería un buen médico de Middlemarch y, por ese mismo medio, se mantendría en la senda de una investigación de alcance profundo.
En un punto puede reclamar justamente aprobación en esta etapa particular de su carrera: no tenía la intención de imitar a aquellos modelos filantrópicos que obtienen ganancias de encurtidos venenosos para mantenerse mientras denuncian la adulteración, o que poseen acciones en una casa de juego para tener tiempo libre para representar la causa de la moralidad pública.
Se proponía iniciar en su propio caso algunas reformas particulares que estaban sin duda a su alcance, y que eran mucho menos problemáticas que la demostración de una concepción anatómica. Una de estas reformas consistía en actuar con firmeza sobre la base de una reciente decisión legal, y limitarse a recetar, sin dispensar medicamentos ni aceptar comisiones de los farmacéuticos.
Esto era una innovación para alguien que había elegido adoptar el estilo de médico general en una ciudad de provincias, y sería percibido como una crítica ofensiva por sus colegas de profesión. Pero Lydgate tenía la intención de innovar también en su tratamiento, y era lo suficientemente sensato como para ver que la mejor garantía para ejercer honradamente según sus convicciones era librarse de las tentaciones sistemáticas de hacer lo contrario.
Quizás aquel fuera un tiempo más alegre para los observadores y los teóricos que el presente; solemos pensar que fue la mejor época del mundo cuando América empezó a ser descubierta, cuando un marinero audaz, aun si naufragaba, podía desembarcar en un nuevo reino; y hacia 1829 los oscuros territorios de la Patología eran una espléndida América para un joven aventurero de espíritu.
Lydgate era ambicioso, sobre todo, por contribuir a ampliar la base científica y racional de su profesión. Cuanto más se interesaba por cuestiones especiales de la enfermedad, como la naturaleza de la fiebre o las fiebres, con mayor agudeza sentía la necesidad de ese conocimiento fundamental de la estructura que justo a principios de siglo había sido iluminado por la breve y gloriosa carrera de Bichat, quien murió a los treinta y uno años recién cumplidos, pero, como otro Alejandro, dejó un reino lo suficientemente vasto para muchos herederos.
Ese gran francés llevó a cabo por primera vez la concepción de que los cuerpos vivos, considerados fundamentalmente, no son asociaciones de órganos que puedan comprenderse estudiándolos primero por separado y luego, por decirlo así, de manera federal; sino que deben considerarse compuestos de ciertas redes o tejidos primarios, a partir de los cuales los diversos órganos —cerebro, corazón, pulmones y demás— se compactan, del mismo modo que las distintas comodidades de una casa se construyen con diversas proporciones de madera, hierro, piedra, ladrillo, zinc y lo demás, teniendo cada material su composición y proporciones peculiares. Nadie, como es evidente, puede comprender y valorar toda la estructura o sus partes —cuáles son sus debilidades y cuáles sus reparaciones— sin conocer la naturaleza de los materiales. Y la concepción elaborada por Bichat, con su estudio detallado de los diferentes tejidos, actuó necesariamente en las cuestiones médicas como actuaría la luz del gas en una calle penumbrosa iluminada por aceite, mostrando nuevas conexiones y hechos de estructura hasta entonces ocultos que deben tenerse en cuenta al considerar los síntomas de las enfermedades y la acción de los medicamentos.
Pero los resultados que dependen de la conciencia y la inteligencia humanas avanzan con lentitud, y ahora, a finales de 1829, la mayor parte de la práctica médica aún avanzaba pavoneándose o arrastrando los pies por los viejos senderos, y aún quedaba por hacer una labor científica que bien podría haber parecido una continuación directa de la de Bichat. Este gran visionario no fue más allá de la consideración de los tejidos como hechos últimos en el organismo vivo, marcando el límite del análisis anatómico; pero cabía la posibilidad de que otra mente se preguntara: ¿no tienen estas estructuras alguna base común de la cual han partido todas, como vuestro tafetán, vuestra gasa, vuestra red, vuestro satén y vuestro terciopelo del capullo crudo? Aquí habría otra luz, como la de la oxyhidrógeno, que mostraría la fibra misma de las cosas y revisaría todas las explicaciones anteriores.
De esta secuela de la obra de Bichat, que ya vibraba en muchas corrientes de la mente europea, Lydgate estaba enamorado; anhelaba demostrar las relaciones más íntimas de la estructura viva y ayudar a definir con mayor precisión el pensamiento de los hombres según el verdadero orden.
El trabajo aún no se había hecho, sino tan solo preparado para aquellos que supieran usar la preparación. ¿Cuál era el tejido primitivo? De ese modo se planteaba Lydgate la pregunta—no exactamente de la manera requerida por la respuesta que aguardaba; pero tal carencia de la palabra exacta le ocurre a muchos buscadores.
Y contaba con intervalos de tranquilidad que aprovecharía con atención para retomar los hilos de la investigación—con muchas pistas que obtendría de la aplicación diligente, no solo del bisturí, sino del microscopio, cuya investigación se había vuelto a utilizar con un nuevo entusiasmo de confianza.
Tal era el plan de Lydgate para su futuro: hacer pequeños trabajos buenos para Middlemarch, y grandes trabajos para el mundo.
Por entonces era sin duda un hombre feliz: tener veintisiete años, carecer de vicios arraigados, albergar el generoso propósito de que sus actos fueran benéficos y contar en la cabeza con ideas que hacían la vida interesante, muy al margen del culto a los caballos y a otros ritos místicos de costosa observancia para los que los ochocientas libras que le quedaron tras comprar su consulta no habrían dado ni de lejos.
Se hallaba en un punto de partida que hace de la carrera de muchos hombres un excelente tema para las apuestas, si hubiera habido algún caballero aficionado a tal entretenimiento que supiera apreciar las complicadas probabilidades de un propósito arduo, con todas las posibles zancadillas e impulsos de las circunstancias, toda la sutil balanza interior mediante la cual un hombre nada y alcanza su meta o bien es arrastrado torrente abajo.
El riesgo seguiría existiendo aun conociendo a fondo el carácter de Lydgate; pues el carácter también es un proceso y un despliegue. El hombre aún se estaba haciendo, tanto como el médico de Middlemarch y futuro descubridor inmortal, y había tanto virtudes como defectos capaces de encogerse o dilatarse.
Los defectos no serán, eso espero, motivo para que retiren su interés en él.
¿Acaso entre nuestros estimados amigos no hay alguien que sea un poco demasiado seguro de sí mismo y desñoso; cuya mente distinguida esté un poco manchada de vulgaridad; que esté un poco oprimido aquí y protuberante allá por prejuicios nativos; o cuyas mejores energías sean propensas a deslizarse por el cauce equivocado bajo la influencia de solicitudes pasajeras?
Todas estas cosas podrían alegarse contra Lydgate, pero entonces, son las perífrasis de un predicador cortés, que habla de Adán y no le gustaría mencionar nada doloroso para los arrendatarios de los bancos de la iglesia. Los defectos particulares de los que se destilan estas delicadas generalidades tienen fisonomías, dicción, acento y muecas distinguibles; interpretando papeles en dramas muy diversos.
Nuestras vanidades difieren como nuestras narices: toda presunción no es la misma presunción, sino que varía en correspondencia con las minucias de la constitución mental en que uno de nosotros difiere de otro.
La presunción de Lydgate era de la clase arrogante, nunca afectada, nunca impertinente, sino masiva en sus pretensiones y benevolentemente despectiva. Haría mucho por los tontos, compadeciéndose de ellos y sintiéndose muy seguro de que no podían tener poder alguno sobre él: había pensado en unirse a los sansimonianos cuando estuvo en París, con el fin de hacerlos volverse en contra de sus propias doctrinas.
Todos sus defectos estaban marcados por rasgos afines, y eran los de un hombre que poseía un excelente barítono, cuya ropa le sentaba bien y que incluso en sus gestos cotidianos ostentaba un aire de distinción innata.
¿Dónde residían, pues, los matices de vulgaridad? —dice una joven enamorada de esa gracia descuidada—. ¿Cómo podía haber vulgaridad en un hombre tan bien educado, tan ambicioso de distinción social, tan generoso e inusual en sus puntos de vista sobre el deber social?
Tan fácilmente como puede haber estupidez en un hombre de genio si se le toma por sorpresa en el tema equivocado, o como muchos hombres que tienen la mejor voluntad de hacer avanzar el milenio social podrían estar mal inspirados al imaginar sus placeres más ligeros; incapaces de ir más allá de la música de Offenbach o de los juegos de palabras brillantes del último sainete.
Los rasgos de vulgaridad de Lydgate radicaban en la índole de sus prejuicios que, a pesar de sus nobles intenciones y su empatía, eran en buena medida como los que se encuentran en los hombres de mundo corrientes: esa distinción mental propia de su ardor intelectual no calaba en su sensibilidad ni en su criterio respecto al mobiliario, ni a las mujeres, ni a lo conveniente que era que se supiera (sin que él tuviera que decirlo) que era de mejor cuna que los demás médicos rurales.
No tenía la intención de pensar en muebles por el momento; mas siempre que lo hiciera, era de temer que ni la biología ni los proyectos de reforma lo elevaran por encima de la vulgaridad de sentir que habría una incompatibilidad en que sus muebles no fueran de primera calidad.
En cuanto a las mujeres, ya se había dejado arrastrar una vez de cabeza por una locura impetuosa, que pretendía fuera la última, puesto que casarse en algún momento lejano por supuesto no sería impetuoso.
Para quienes deseen conocer a Lydgate, será útil saber en qué consistió aquel caso de locura impetuosa, pues puede servir como ejemplo de la caprichosa desviación de la pasión a la que era propenso, junto con la caballeresca bondad que contribuía a hacerlo moralmente adorable.
La historia puede contarse con pocas palabras.
Sucedió cuando estudiaba en París, y precisamente en la época en que, además de sus otros trabajos, estaba ocupado en ciertos experimentos galvánicos.
Una tarde, cansado de sus experimentos y al no poder obtener los datos que necesitaba, dejó a sus ranas y conejos disfrutando de cierto reposo bajo su dura y misteriosa providencia de sacras descargas inexplicables, y se fue a terminar la velada al teatro de la Porte Saint Martin, donde daban un melodrama que ya había visto varias veces; atraído, no por la ingeniosa obra de los autores colaboradores, sino por una actriz cuyo papel consistía en apuñalar a su amante, confundiéndolo con el duque de siniestras intenciones de la obra.
Lydgate estaba enamorado de esta actriz, como un hombre está enamorado de una mujer a la que nunca espera dirigir la palabra. Era provenzal, de ojos oscuros, perfil griego y forma majestuosa y redondeada, dueña de esa clase de belleza que denota una dulce maternidad aun en la juventud, y su voz era un suave arrullo. Había llegado hacía poco a París y gozaba de una reputación virtuosa, pues su esposo actuaba con ella haciendo de amante desafortunado. Lo único que en ella «dejaba bastante que desear» era su actuación, pero el público se mostraba satisfecho.
El único esparcimiento de Lydgate ahora consistía en ir a contemplar a esta mujer, del mismo modo que se habría echado un rato a descansar sobre un lecho de violetas bajo el soplo del dulce sur, sin perjuicio de su galvanismo, al que regresaría de inmediato.
Pero esta tarde el viejo drama tuvo una nueva catástrofe. En el momento en que la heroína iba a representar la puñalada a su amante, y este debía caer con gracia, la esposa apuñaló de verdad a su esposo, que cayó como quiso la muerte.
Un grito salvaje atravesó el teatro, y la provenzal cayó desmayada: la obra exigía un grito y un desmayo, pero esta vez el desmayo también era real. Lydgate saltó y trepó, apenas supo cómo, al escenario, y prestó ayuda activamente, haciendo conocimiento con su heroína al encontrarle una contusión en la cabeza y levantarla suavemente en sus brazos.
París resonaba con la historia de esta muerte:—¿había sido un asesinato? Algunos de los más fervientes admiradores de la actriz se inclinaban a creer en su culpabilidad, y la querían más por ello (tal era el gusto de aquellos tiempos); pero Lydgate no era uno de ellos. Él defendía con vehemencia su inocencia, y la remota pasión impersonal por su belleza que había sentido antes se había convertido ahora en devoción personal y en un tierno pensamiento sobre su destino. La idea del asesinato era absurda: no se descubría ningún motivo, ya que se entendía que la joven pareja se adoraba mutuamente, y no tenía nada de inaudito que un resbalón accidental del pie hubiera traído estas graves consecuencias. La investigación legal terminó con la puesta en libertad de Madame Laure.
Lydgate por entonces había tenido muchas entrevistas con ella y la encontraba cada vez más adorable. Hablaba poco; pero eso era un encanto adicional. Estaba melancólica y parecía agradecida; su presencia era suficiente, como la de la luz vespertina.
Lydgate estaba locamente ansioso por conseguir su afecto y celoso de que cualquier otro hombre que no fuera él pudiera ganárselo y pedirle que se casara con él. Pero en lugar de reanudar su compromiso en la Porte Saint Martin, donde habría sido aún más popular por el fatídico episodio, se marchó de París sin avisar, abandonando a su pequeña corte de admiradores.
Quizás nadie llegó muy lejos en sus indagaciones excepto Lydgate, quien sentía que toda la ciencia se había detenido mientras imaginaba a la infeliz Laure, abatida por una tristeza siempre errante, vagando ella misma y sin encontrar ningún consolador fiel.
Las actrices ocultas, sin embargo, no son tan difíciles de encontrar como otros hechos ocultos, y no pasó mucho tiempo antes de que Lydgate reuniera indicios de que Laure había tomado rumbo a Lyon. La encontró por fin actuando con gran éxito en Aviñón bajo el mismo nombre, luciendo más majestuosa que nunca como una esposa abandonada que lleva a su hijo en brazos. Habló con ella después de la función, fue recibido con la quietud habitual que a él le parecía hermosa como las profundidades claras del agua, y obtuvo permiso para visitarla al día siguiente; en el que estaba empeñado en decirle que la adoraba y en pedirle que se casara con él. Sabía que esto era como el impulso repentino de un demente—incongruente incluso con sus debilidades habituales. ¡No importaba! Era lo único que estaba decidido a hacer. Al parecer tenía dos yos dentro de sí, y debían aprender a acomodarse el uno al otro y a soportar los impedimentos recíprocos. Extraño que algunos de nosotros, con rápida visión alternativa, veamos más allá de nuestras infatuaciones, y aun mientras deliramos en las alturas, contemplen la vasta llanura donde nuestro yo persistente se detiene y nos aguarda.
Hablarle a Laure con cualquier pretensión que no fuera reverentemente tierna habría sido sencillamente una contradicción de todo su sentimiento hacia ella.
—¿Has venido desde París para buscarme? —le dijo al día siguiente, sentada frente a él con los brazos cruzados, y mirándolo con unos ojos que parecían asombrarse como se asombra un animal rumiante y montaraz—. ¿Son todos los ingleses así?
“Vine porque no podía vivir sin intentar verte. Estás sola; te amo; quiero que consientas en ser mi esposa; esperaré, pero quiero que me prometas que te casarás conmigo—con nadie más”.
Laure lo miró en silencio con un fulgor melancólico bajo sus grandes párpados, hasta que él se llenó de una certeza arrebatada y se arrodilló cerca de sus rodillas.
—Te diré una cosa —dijo, con su voz arrulladora, manteniendo los brazos cruzados—. De verdad se me resbaló el pie.
—Ya lo sé, ya lo sé —dijo Lydgate, con tono apaciguador—. Fue un accidente fatal, un terrible golpe de la calamidad que hizo que me uniera aún más a ti.
Nuevamente Laure se detuvo un poco y luego dijo, lentamente: «Quería hacerlo».
Lydgate, por muy hombre fuerte que fuera, enmudeció y tembló: parecieron pasar los momentos antes de que se levantara y se pusiera lejos de ella.
«Había un secreto, entonces —dijo al fin, incluso con vehemencia—. Era brutal contigo: lo odiabas».
“¡No! Me cansaba; era demasiado cariñoso: quería vivir en París, y no en mi país; eso no me agradaba”.
—¡Gran Dios! —dijo Lydgate, con un gemido de horror—. ¿Y planeabas asesinarlo?
“No lo planeé: me vino en la obra... Tenía la intención de hacerlo”.
Lydgate permaneció mudo e inconscientemente se encasquetó el sombrero mientras la miraba. Veía a esta mujer —la primera a la que había entregado su juvenil adoración— entre la muchedumbre de estúpidos criminales.
“Eres un buen joven —dijo ella—. Pero no me gustan los esposos. Nunca tendré otro”.
Tres días después, Lydgate volvía a ocuparse del galvanismo en sus habitaciones de París, creyendo que para él las ilusiones habían terminado.
Se salvó de los efectos del endurecimiento gracias a la abundante bondad de su corazón y a su creencia de que la vida humana podía mejorarse.
Pero tenía más motivos que nunca para confiar en su juicio, ahora que era tan experimentado; y en adelante adoptaría una perspectiva estrictamente científica de la mujer, sin abrigar más expectativas que aquellas que estuvieran justificadas de antemano.
Nadie en Middlemarch era probable que tuviera una idea del pasado de Lydgate como la que aquí se ha esbozado tenuemente, y en verdad los respetables habitantes de la localidad no eran más dados que los mortales en general a ningún afán de exactitud al representarse a sí mismos aquello que no caía bajo sus propios sentidos.
No solo las jóvenes doncellas de aquel pueblo, sino también los hombres de barbas canas, se apresuraban a menudo a conjeturar cómo un nuevo conocido podría encajar en sus propósitos, conformándose con un conocimiento muy vago sobre la forma en que la vida lo había ido moldeando para tal fin.
Middlemarch, de hecho, contaba con tragarse a Lydgate y asimilarlo muy cómodamente.