CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/MiddlemarchPublic
EspañolEnglish
Page 71 of 100
Table of Contents

LX

Las buenas frases son sin duda, y siempre lo han sido, muy loables.

Pocos días después⁠—ya era a finales de agosto⁠—se presentó una ocasión que causó cierta expectación en Middlemarch: el público, si así lo deseaba, iba a tener la ventaja de adquirir, bajo los distinguidos auspicios de M. Borthrop Trumbull, los muebles, libros y cuadros que cualquiera podía comprobar por los folletos informativos que eran de la mejor calidad en su género, pertenecientes a Edwin Larcher, Esq. Esta no era una de esas ventas que indican la depresión del comercio; por el contrario, se debía al gran éxito del señor Larcher en el negocio de transportes, el cual justificaba la compra de una mansión cerca de Riverston ya amueblada con gran estilo por un ilustre médico de un balneario⁠—amueblada de hecho con tales marcos llenos de costosas pinturas de carne en el comedor, que la señora Larcher estuvo nerviosa hasta que se tranquilizó al descubrir que los temas eran bíblicos. De ahí la magnífica oportunidad para los compradores que se señalaba adecuadamente en los folletos de M. Borthrop Trumbull, cuyo conocimiento de la historia del arte le permitía afirmar que los muebles del recibidor, que se venderían sin reserva, incluían una pieza de talla obra de un contemporáneo de Gibbons.

En el Middlemarch de aquellos tiempos, una gran almoneda se consideraba una especie de festividad.

Había una mesa provista de los mejores fiambres, como en un funeral de categoría, y se ofrecían facilidades para ese generoso consumo de alegres copas que podía conducir a pujas generosas y alegres por artículos indeseables.

La venta del señor Larcher resultaba tanto más atractiva con aquel buen tiempo cuanto que la casa se alzaba justo a las afueras del pueblo, con un jardín y cuadras anejos, en esa agradable salida de Middlemarch llamada Camino de Londres, que era también la vía hacia el Nuevo Hospital y la retirada residencia del señor Bulstrode, conocida como Los Arbustos.

En suma, la subasta equivalía a una feria y atraía a todas las clases con tiempo libre a su disposición: para algunos, que arriesgaban posturas con el único fin de encarecer los precios, era casi igual a apostar en las carreras.

El segundo día, en el que se había de vender el mejor mobiliario, «todo el mundo» estaba allí; incluso el señor Thesiger, el rector de San Pedro, se habia dejado caer por un breve espacio de tiempo con el deseo de comprar la mesa tallada, y habia rozado los codos con el señor Bambridge y el señor Horrock.

Había una guirnalda de damas de Middlemarch acomodadas con asientos alrededor de la gran mesa del comedor, donde el señor Borthrop Trumbull se hallaba montado con atril y martillo; pero las filas, compuestas principalmente de rostros masculinos al fondo, se veían a menudo alteradas por entradas y salidas tanto por la puerta como por el gran ventanal abovedado que se abría hacia el césped.

Aquel día, «todo el mundo» no incluía al señor Bulstrode, cuya salud no llevaba muy bien las aglomeraciones ni las corrientes de aire. Pero la señora Bulstrode tenía un interés especial en adquirir un determinado cuadro —una Cena de Emaús, atribuida en el catálogo a Guido— y, en el último momento antes del día de la subasta, el señor Bulstrode se había pasado por la oficina del Pioneer, del cual era ahora uno de los propietarios, para rogarle al señor Ladislaw, como un gran favor, que tuviera la amabilidad de emplear su notable conocimiento de pintura en nombre de la señora Bulstrode y evaluara este cuadro en particular «si —añadió el escrupulosamente cortés banquero— la asistencia a la subasta no interfiere con los preparativos de su marcha, que sé que es inminente».

Esta condición le habría sonado bastante satírica a los oídos de Will si hubiera estado de humor para importarle semejante sátira. Hacía referencia a un acuerdo establecido muchas semanas atrás con los propietarios del periódico, según el cual tendría total libertad cualquier día que le placiera para ceder la dirección al subdirector a quien había estado entrenando; ya que deseaba abandonar definitivamente Middlemarch. Pero las visiones indefinidas de la ambición son débiles frente a la comodidad de hacer lo que es habitual o seductoramente agradable; y todos conocemos la dificultad de llevar a cabo un propósito cuando secretamente anhelamos que resulte ser innecesario. En tales estados de ánimo, la persona más incrédula alberga una inclinación secreta hacia el milagro: es imposible concebir cómo podría cumplirse nuestro deseo, pero aun así⁠—¡han sucedido cosas muy maravillosas! Will no se confesaba esta debilidad a sí mismo, pero se demoraba. ¿Qué sentido tenía ir a Londres en esa época del año? Los hombres de Rugby que lo recordaban no estaban allí; y en lo que respecta al periodismo político, prefería continuar unas semanas más con el Pioneer. En el momento presente, sin embargo, cuando el señor Bulstrode le hablaba, tenía tanto una firme resolución de marchar como una resolución igualmente fuerte de no hacerlo hasta haber visto una vez más a Dorothea. De ahí que respondiera que tenía razones para posponer un poco su marcha y que asistiría encantado a la subasta.

Will estaba de un humor desafiante, con la conciencia profundamente herida por la idea de que la gente que lo miraba probablemente conocía un hecho equivalente a una acusación contra él, como un sujeto de bajos designios que debían ser frustrados mediante la disposición de una propiedad. Como la mayoría de las personas que afirman su libertad con respecto a las distinciones convencionales, estaba dispuesto a mostrarse brusco y presto a pelear con cualquiera que pudiera insinuar que tenía razones personales para esa afirmación —que había algo en su sangre, en su porte o en su carácter a lo que otorgaba la máscara de una opinión—. Cuando se hallaba bajo una impresión irritante de este tipo, andaba por ahí durante días con una mirada desafiante, y el color cambiaba en su piel transparente como si estuviera on qui vive, atento a algo sobre lo cual abalanzarse.

Esta expresión era singularmente perceptible en él en la subasta, y aquellos que solo le habían visto en sus momentos de amable excentricidad o de viva alegría se habrían quedado sorprendidos por el contraste.

No le desagradaba tener esta ocasión de dejarse ver en público ante las tribus de Middlemarch de Toller, Hackbutt y los demás, que le miraban por encima del hombro como a un aventurero y vivían en un estado de ignorancia brutal respecto a Dante⁠—; que se mofaban de su sangre polaca y que eran, ellos mismos, de una casta muy necesitada de mestizaje.

Permanecía en un lugar visible no lejos del subastador, con un dedo índice en cada bolsillo lateral y la cabeza echada hacia atrás, sin importarle hablar con nadie, aunque había sido cordialmente recibido como un connoisseur por el señor Trumbull, que estaba disfrutando de la máxima actividad de sus grandes facultades.

Y ciertamente, entre todos los hombres cuya vocación les exige mostrar sus dotes oratorias, el más feliz es el próspero subastador de provincias, vivamente divertido con sus propios chistes y consciente de su enciclopédico saber.

Algunas personas saturninas y de sangre agria podrían poner objeciones a tener que ensalzar constantemente los méritos de cualquier artículo, desde sacabotas hasta «Berghems»; pero el señor Borthrop Trumbull tenía un fluido benévolo en las venas; era un admirador por naturaleza y le habría gustado poner el universo bajo su martillo, con la certeza de que alcanzaría un precio más alto gracias a su recomendación.

Mientras tanto, los muebles del salón de la señora Larcher le bastaban.

Cuando Will Ladislaw había entrado, un segundo guardafuego, del que se decía que se había olvidado en su lugar adecuado, reclamó de repente el entusiasmo del subastador, que lo distribuyó según el principio equitativo de alabar más aquellas cosas que más necesitaban alabanza.

El guardafuego era de acero pulido, con mucho calado en forma de ojiva y un borde afilado.

—Ahora, señoras —dijo—, voy a apelar a ustedes. He aquí una mampara que en cualquier otra subasta apenas se ofrecería sin reserva, al tratarse, por decirlo así, por su calidad de acero y lo caprichoso de su diseño, de una clase de artículo —aquí el señor Trumbull bajó la voz y se volvió ligeramente nasal, perfilando los contornos con el dedo izquierdo— que tal vez no se ajuste a los gustos corrientes. Permítanme decirles que dentro de poco este estilo de labor será el único en boga —¿media corona, dijo? gracias—, se va por media corona, esta característica mampara; y tengo información de buena fuente de que el estilo antiguo es muy solicitado en las altas esferas. Tres chelines, tres y seis —¡sostenla bien en alto, José! Miren, señoras, la pureza del diseño—; ¡no me cabe la menor duda de que fue fabricada en el siglo pasado! ¿Cuatro chelines, señor Mawmsey? Cuatro chelines.

—No es una cosa que pondría yo en mi salón —dijo la señora Mawmsey, de manera audible, para advertencia del imprudente marido—. Me extraña la señora Larcher. A cualquier bendita criatura que se le fuera la cabeza contra aquello se la partiría en dos. El filo es como un cuchillo.

—Muy cierto —replicó el señor Trumbull con rapidez—, y extraordinariamente útil tener a mano un guardafuegos que corta, por si uno lleva un zapato con cordones de cuero o un trozo de cuerda que necesite cortar y no tiene cuchillo a mano; a más de un hombre lo han dejado colgado por no haber tenido un cuchillo para cortarlo. ¡Caballeros, aquí tienen un guardafuegos que, si tuvieran la desgracia de ahorcarse, los cortaría en un abrir y cerrar de ojos, con asombrosa celeridad; cuatro y seis peniques, cinco, cinco y seis peniques; un artículo apropiado para una habitación de invitados que tenga una cama con dosel y un huésped un poco desequilibrado; seis chelines, gracias, señor Clintup; se va por seis chelines, se va, ¡se fue!

La mirada del subastador, que había estado escrutando a su alrededor con una susceptibilidad sobrenatural a todas las señales de puja, cayó entonces sobre el papel que tenía delante, y su voz también decayó a un tono de indiferente resolución mientras decía: —Señor Clintup. Dese prisa, Joseph.

—Valía seis chelines tener un guardafuegos sobre el que siempre se pudiera contar ese chiste —dijo el señor Clintup, riendo en voz baja y con aire de disculpa hacia su vecino de al lado. Era un horticultor tímido aunque distinguido, y temía que el público pudiera considerar su puja como una tontería.

Mientras tanto, Joseph había traído una bandeja llena de pequeños artículos.

—Ahora, señoras —dijo el señor Trumbull, tomando uno de los objetos—, esta bandeja contiene un lote muy recherché, una colección de pequeñeces para la mesita del salón, y las pequeñeces componen la suma de las cosas humanas; no hay nada más importante que las pequeñeces (sí, señor Ladislaw, sí, ahora mismo); pero pasa la bandeja, Joseph; estas bijoux deben ser examinadas, señoras.

Esto que tengo en la mano es un ingenioso artificio, una especie de jeroglífico práctico, podría llamarlo: aquí, como ven, parece una elegante caja en forma de corazón, portátil para el bolsillo; allí, de nuevo, se convierte en una espléndida flor doble, un adorno para la mesa; y ahora —el señor Trumbull dejó que la flor se desarmara de manera alarmante en tiras de hojas en forma de corazón—, ¡un libro de adivinanzas! Ni más ni menos que quinientas impresas en un hermoso rojo.

Caballeros, si tuviera menos conciencia, no desearía que pujaran alto por este lote; me muero de ganas de quedarme con él. ¿Qué puede fomentar la alegría inocente y, me atrevo a decir, la virtud, más que una buena adivinanza? Previene el lenguaje profano y vincula al hombre a la sociedad de las mujeres refinadas. Este ingenioso artículo por sí solo, sin la elegante caja de dominó, la cesta para tarjetas, etc., ya debería conferir un alto precio al lote.

Llevado en el bolsillo, podría hacer que un individuo sea bien recibido en cualquier sociedad. ¿Cuatro chelines, caballero? ¿Cuatro chelines por esta extraordinaria colección de adivinanzas con sus et ceteras? He aquí una muestra: «¿Cómo se debe deletrear miel en inglés para que sirva para atrapar mariquitas? Respuesta: dinero». ¿Oyeron? Mariquitas, honey, money. Este es un pasatiempo para aguzar el intelecto; tiene aguijón, tiene lo que llamamos sátira, e ingenio sin indecencia. ¿Cuatro y seis peniques?, ¿cinco chelines?

La puja continuó con una creciente rivalidad. El señor Bowyer era uno de los postores, y aquello era demasiado exasperante. Bowyer no podía permitírselo, y solo quería impedir que cualquier otro hombre luciera.

La corriente arrastró incluso al señor Horrock consigo, pero esta manifestación de su opinión se le escapó con tan poca pérdida de su expresión neutral, que la puja tal vez no se habría atribuido a él de no ser por los amigables juramentos del señor Bambridge, quien quería saber qué haría Horrock con una mercancía maldita que solo servía para merceros entregados a ese estado de perdición que el comerciante de caballos reconocía tan cordialmente en la mayoría de las existencias terrenales.

El lote fue adjudicado finalmente por una guinea al señor Spilkins, un joven Slender de la vecindad, que derrochaba su aguinaldo y sentía su falta de memoria para las adivinanzas.

—Vamos, Trumbull, ya está bien; ha metido usted la morralla de alguna solterona en la subasta —murmuró el señor Toller, acercándose al martillero—. Quiero ver cómo van los grabados y tendré que marcharme pronto.

“Inmediatamente, señor Toller. Solo fue un acto de benevolencia que su noble corazón aprobaría. ¡Joseph! rápido con las estampas⁠—Lote 235. Ahora, caballeros, ustedes que son connoisseurs, van a disfrutar de lo lindo. Aquí tienen un grabado del duque de Wellington rodeado de su estado mayor en el campo de Waterloo; y a pesar de los recientes acontecimientos que han, por decirlo así, envuelto a nuestro gran Héroe en una nube, me atreveré a decir⁠—pues a un hombre de mi oficio no deben zarandearlo los vientos políticos⁠— que un tema más fino⁠—de la orden moderna, perteneciente a nuestro propio tiempo y época⁠—el entendimiento humano apenas podría concebirlo: los ángeles tal vez, pero no los hombres, señores, no los hombres”.

—¿Quién lo pintó? —dijo el señor Powderell, muy impresionado.

—Es una prueba antes de la letra, míster Powderell; el pintor no es conocido —contestó Trumbull, con cierta agitación contenida en sus últimas palabras, tras lo cual frunció los labios y miró a su alrededor.

—¡Pujo una libra! —dijo el señor Powderell, en un tono de decidida emoción, como el de un hombre dispuesto a abrir brecha. Ya sea por temor o por piedad, nadie le subió el precio.

Luego siguieron dos grabados holandeses que el señor Toller había estado deseando, y después de asegurárselos, se marchó.

Otros grabados, y más tarde algunas pinturas, se vendieron a los principales vecinos de Middlemarch que habían venido con el deseo especial de adquirirlos, y hubo un movimiento más activo del público hacia adentro y hacia afuera; algunos, que ya habían comprado lo que querían, se marchaban, y otros entraban, ya por primera vez o tras una visita temporal a los refrescos que se servían bajo la carpa instalada en el césped.

Era esta carpa lo que el señor Bambridge estaba empeñado en comprar, y parecía gustarle mirar su interior con frecuencia, como un anticipo de su posesión. En la última ocasión de su regreso de ella, se le vio traer consigo a un nuevo compañero, un desconocido para el señor Trumbull y para todos los demás, cuya apariencia, sin embargo, hizo suponer que pudiera ser un pariente del tratante de caballos⁠—igualmente «dado a los excesos».

Sus grandes patillas, su imponente fanfarronería y su forma de caminar con desparpajo lo convertían en una figura llamativa; pero su traje negro, algo desaliñado en los bordes, inducía a la prejuiciosa inferencia de que no podía permitirse tantos excesos como le hubiera gustado.

—¿A quién has pescado, Bam? —dijo el señor Horrock, aparte.

—Pregúntaselo tú mismo —respondió el señor Bambridge—. Dijo que acababa de llegar del camino.

El señor Horrock miró al desconocido, que estaba apoyado contra su bastón con una mano, usando su palillo de dientes con la otra, y mirando a su alrededor con cierta inquietud, aparentemente bajo el silencio que las circunstancias le imponían.

Por fin se presentó la Cena de Emaús, para inmenso alivio de Will, pues estaba tan cansado del procedimiento que se había retirado un poco y apoyaba el hombro contra la pared justo detrás del martillero.

Avanzó de nuevo y su vista tropezó con el extravagante desconocido que, para su sorpresa, lo miraba fijamente de manera muy notable. Pero Will fue interpelado de inmediato por el señor Trumbull.

“Sí, señor Ladislaw, sí; esto le interesa a usted como cono s e d o r , creo yo. Es un verdadero placer —continuó el subastador con fervor creciente— tener un cuadro como este para mostrar a una compañía de damas y caballeros; un cuadro que vale cualquier suma para un individuo cuyos medios estuvieran a la altura de su juicio.

Es una pintura de la escuela italiana, obra del célebre Guydo , el pintor más grande del mundo, el jefe de los Viejos Maestros, como se les llama —opino yo, porque sabían una cosa o dos más que la mayoría de nosotros—, en posesión de secretos hoy perdidos para la generalidad de la humanidad.

Déjenme decirles, caballeros, que he visto una gran cantidad de cuadros de los Viejos Maestros, y no todos están a esta altura; algunos son más oscuros de lo que les gustaría y no son temas familiares. Pero aquí tienen un Guydo —el marco solo vale una fortuna— que cualquier dama se enorgullecería de colgar; algo adecuado para lo que llamamos un refectorio en una institución benéfica, si algún caballero de la Corporación deseara demostrar su munifi c e n c ia .

¿Girarlo un poco, señor? Sí. Joseph, gíralo un poco hacia el señor Ladislaw; el señor Ladislaw, habiendo estado en el extranjero, comprende el mérito de estas cosas, como pueden observar”.

Todas las miradas se volvieron por un momento hacia Will, quien dijo, con aplomo: «Cinco libras». El subastador prorrumpió en una profunda protesta.

—¡Ah! ¡Mister Ladislaw! ¡El marco solo vale eso! ¡Damas y caballeros, por el prestigio de la ciudad! Imaginen que más adelante se descubriera que ha habido una joya artística entre nosotros, en esta ciudad, y que nadie en Middlemarch se hubiera percatado. Cinco guineas⁠—cinco siete seis⁠—cinco diez. ¡Vamos, damas, vamos! Es una joya, y «muchas joyas», como dice el poeta, se han dejado marchar a un precio simbólico porque el público no sabía apreciarlas, porque se ofrecía en círculos donde había⁠—iba a decir un sentimiento mezquino, ¡pero no!⁠—Seis libras⁠—seis guineas⁠—un Guydo de primera categoría a punto de irse por seis guineas⁠—es un insulto a la religión, damas; nos afecta a todos como cristianos, caballeros, que un tema como este se venda por una cifra tan baja⁠—seis libras diez⁠—siete⁠—

La puja fue animada, y Will siguió participando en ella, recordando que la señora Bulstrode tenía un gran deseo de quedarse con el cuadro y pensando que podría estirar el precio hasta doce libras. Pero se lo adjudicaron en diez guineas, tras lo cual se abrió paso hacia el ventanal y salió.

Prefirió ir bajo la carpa a buscar un vaso de agua, ya que tenía calor y sed: estaba libre de otros visitantes y le pidió a la mujer encargada que le trajiste un poco de agua fresca; pero antes de que esta terminara de irse, le disgustó ver entrar al desconocido florido que lo había estado mirando fijamente.

A Will se le ocurrió en ese momento que el hombre podría ser uno de esos insectos parásitos políticos de tipo henchido que alguna vez le habían reclamado conocimiento por haberlo oído hablar sobre la cuestión de la Reforma, y que tal vez pensaban ganarse un chelín a cambio de noticias. Bajo esta luz, su persona, que ya resultaba bastante calurosa de contemplar en un día de verano, le pareció aún más desagradable; y Will, medio sentado en el brazo de una silla de jardín, apartó los ojos con esmero del reciéntemente llegado.

Pero esto le importaba poco a nuestro conocido el señor Raffles, quien nunca dudaba en imponerse ante una observación reacia si le convenía para sus fines. Dio uno o dos pasos hasta quedar frente a Will y dijo con prisa de boca llena: «Disculpe, señor Ladislaw⁠—, ¿el nombre de su madre era Sarah Dunkirk?».

Will, poniéndose de pie de un salto, retrocedió un paso, frunciendo el ceño y diciendo con cierta fiereza: «Sí, señor, así fue. ¿Y a usted qué le importa?».

Estaba en la naturaleza de Will que la primera chispa que arrojara fuera una respuesta directa a la pregunta y un desafío a las consecuencias. Haber dicho «¿Y a ti qué te importa?» en un primer momento le habría parecido una evasiva, ¡como si le importara que alguien supiera algo sobre su origen!

Por su parte, Raffles no tenía el mismo afán de enfrentamiento que implicaba el aire amenazador de Ladislaw. El joven esbelto, de tez aniñada, parecía un gato montés dispuesto a abalanzarse sobre él. En tales circunstancias, el placer que sentía el señor Raffles al importunar a su compañía quedaba en suspenso.

—¡Sin ofensa, mi buen señor, sin ofensas! Solo recuerdo a su madre; la conocí cuando era niña. Pero usted se parece a su padre, señor. También tuve el placer de ver a su padre. ¿Viven sus padres, señor Ladislaw?

—¡No! —bronceó Will, en la misma actitud que antes.

“Me alegraría mucho hacerle un servicio, mister Ladislaw⁠—¡por Jove, que sí! Espero que volvamos a vernos”.

A continuación Raffles, que se había quitado el sombrero con las últimas palabras, se volvió con un movimiento ágil y se alejó. Will lo miró un instante y pudo ver que no reentraba en la sala de subastas, sino que parecía dirigirse hacia el camino. Por un momento pensó que había sido una tontería no dejar que el hombre siguiera hablando;⁠—¡pero no! En general, prefería prescindir de información procedente de esa fuente.

Más tarde aquella noche, sin embargo, Raffles lo alcanzó en la calle y, pareciendo haber olvidado la brusquedad de su anterior recibimiento o bien con la intención de vengarse mediante una familiaridad indulgente, lo saludó jovialmente y caminó a su lado, comentando al principio lo agradable del pueblo y sus alrededores. Will sospechaba que el hombre había estado bebiendo y estaba pensando en cómo quitárselo de encima cuando Raffles dijo:

“Yo mismo he estado en el extranjero, mister Ladislaw⁠—he visto mundo⁠—solía hablar un poco de parlez-vous. Fue en Boulogne donde vi a su padre⁠—¡por Júpiter, tiene usted un parecido extraordinario con él! La boca⁠—la nariz⁠—los ojos⁠—el pelo peinado hacia atrás desde la frente igualito al suyo⁠—un poco al estilo extranjero. John Bull no acostumbra hacer eso. Pero su padre estaba muy malito cuando lo vi. ¡Dios, Dios! Las manos se le podían transparentar. Usted era un crío entonces. ¿Se puso bueno?”

—No —dijo Will con brusquedad.

—¡Ah! ¡Vaya! A menudo me he preguntado qué fue de tu madre. Huyó de los suyos cuando era una muchacha joven —¡una muchacha de espíritu orgulloso y bonita, a fe mía! Yo sabía el motivo por el que huyó—, dijo Raffles, guiñando un ojo lentamente mientras miraba de soslayo a Will.

—No sabes nada deshonroso de ella, señor —dijo Will, volviéndose hacia él con cierta fiereza. Pero en ese momento el señor Raffles no era sensible a los matices de los modales.

—¡Ni un ápice! —dijo él, sacudiendo la cabeza con decisión—.

¡Tenía demasiada honradez para querer a sus amigos; eso fue todo!

Aquí Raffles volvió a guiñar el ojo lentamente. —¡Válgame Dios, si yo lo sabía todo acerca de ellos!, una cosita en lo que se puede llamar la línea del robo respetable, el estilo distinguido de casa receptora, nada de chanchullos ni escondrijos, de primera categoría. Negocio de lujo, grandes ganancias y sin error posible. ¡Pero, hombre! Sarah no habría sabido nada de aquello; era una joven elegante y audaz, con un buen internado, apta para la esposa de un lord, solo que Archie Duncan se lo echó en cara por despecho, porque ella no quiso saber nada de él. Y así fue como huyó de todo el asunto. Yo viajaba para ellos, caballero, de una manera distinguida, con un sueldo alto. Al principio no les importaba que se fugara; gente piadosa, caballero, muy piadosa, y ella aspiraba al teatro. El hijo vivía entonces, y la hija estaba de capa caída.

¡Hola! Ya hemos llegado al Blue Bull. ¿Qué dice, señor Ladislaw?, ¿entramos a tomar una copa?

—No, tengo que dar las buenas noches —dijo Will, precipitándose por un callejón que conducía a Lowick Gate y casi corriendo para escapar del alcance de Raffles.

Anduvo un buen rato por el camino de Lowick alejándose del pueblo, agradeciendo la oscuridad estrellada cuando llegó. Sentía como si le hubieran arrojado inmundicia en medio de gritos de desprecio. Estaba esto para confirmar la afirmación del sujeto: que su madre jamás quiso decirle el motivo por el cual había huido de su familia.

¡Pues bien! ¿Qué le importaba a él, Will Ladislaw, suponiendo que la verdad sobre aquella familia fuera la más repugnante? Su madre había desafiado la penuria para apartarse de ella. Pero si los amigos de Dorothea hubieran sabido esta historia —si los Chettam la hubieran sabido— habrían tenido un pretexto espléndido para dar a sus sospechas un terreno propicio con el que considerarle indigno de acercarse a ella. Sin embargo, sospecharan lo que sospechasen, se equivocarían. Descubrirían que la sangre en sus venas estaba tan libre de la mancha de la bajeza como la de ellos.

71