Un niño abandonado, al despertar de pronto, cuya mirada temerosa vaga por todo lo que le rodea, y ve tan solo que no puede ver los ojos cómplices del amor.
Dos horas más tarde, Dorothea estaba sentada en una habitación interior o gabinete de un elegante apartamento de la Via Sistina.
Siento añadir que sollozaba amargamente, con ese abandono al desahogo de un corazón oprimido que una mujer habitualmente dominada por el orgullo propio y la consideración hacia los demás a veces se permite cuando se siente segura en la soledad.
Y el señor Casaubon tardaría sin duda algún tiempo en regresar del Vaticano.
Sin embargo, Dorothea no tenía ningún agravio de forma definida que pudiera expresar ni siquiera para sí misma; y en medio de su pensamiento confuso y de su pasión, el acto mental que luchaba por abrirse paso hacia la claridad era un grito de autoacusación: su sensación de desolación era culpa de su propia pobreza espiritual.
Se había casado con el hombre de su elección, y con la ventaja sobre la mayoría de las muchachas de que había contemplado su matrimonio principalmente como el comienzo de nuevos deberes: desde el principio mismo había considerado que el Sr. Casaubon poseía una mente tan superior a la suya que debía entregarse a menudo a estudios en los que ella no podía participar por completo; además, tras la breve y limitada experiencia de su infancia, estaba contemplando Roma, la ciudad de la historia visible, donde el pasado de todo un hemisferio parece desfilar en procesión fúnebre con extrañas imágenes ancestrales y trofeos reunidos desde lejos.
Pero esta estupenda fragmentariedad acrecentaba la extrañeza onírica de su vida nupcial.
Dorothea llevaba ya cinco semanas en Roma, y en las benévolas mañanas en que el otoño y el invierno parecían ir de la mano como una feliz pareja de ancianos de los cuales uno sobreviviría dentro de poco en una soledad más gélida, había estado paseando en coche al principio con el señor Casaubon, pero últimamente sobre todo con Tantripp y su experimentado correo.
Había sido conducida por las mejores galerías, la habían llevado a los principales miradores, le habían mostrado las ruinas más grandiosas y las iglesias más gloriosas, y había acabado por elegir las más de las veces ir en coche a la Campagna, donde podía sentirse sola con la tierra y el cielo, lejos de la opresiva mascarada de los siglos, en la cual su propia vida también parecía convertirse en una máscara de disfraces enigmáticos.
Para aquellos que han mirado a Roma con el poder vivificante de un conocimiento que infunde un alma creciente en todas las formas históricas, y rastrea las transiciones reprimidas que unen todos los contrastes, Roma puede ser todavía el centro espiritual y el intérprete del mundo.
Pero concíbase un contraste histórico más: las gigantescas y truncas revelaciones de aquella ciudad Imperial y Papal arrojadas de repente sobre las nociones de una muchacha educada en el puritanismo inglés y suizo, alimentada con escuetas historias protestantes y con un arte principalmente del género de las pantallas de mano; una muchacha cuyo ardiente naturaleza convertía toda su reducida asignación de saber en principios, fundiendo sus acciones en el molde de estos, y cuyas rápidas emociones otorgaban a las cosas más abstractas la cualidad de un placer o un dolor; una muchacha que hacía poco se había convertido en esposa, y que, a partir de la aceptación entusiasta de un deber no probado, se hallaba sumergida en una tumultuosa preocupación por su sino personal.
El peso de la Roma ininteligible podía gravitar levemente sobre las ninfas risueñas para quienes constituía el decorado de un brillante pícnic de la sociedad angloextranjera; pero Dorotea no poseía tal defensa contra las impresiones profundas.
Ruinas y basílicas, palacios y colosos, enclavados en medio de un presente sórdido donde todo lo viviente y de sangre caliente parecía sumido en la profunda degeneración de una superstición divorciada de la reverencia; la vida titánica, más difusa pero aún ávida, que contemplaba y forcejeaba en muros y techos; las largas perspectivas de formas blancas cuyos ojos de mármol parecían contener la luz monótona de un mundo extraño: todo este vasto naufragio de ambiciosos ideales, sensuales y espirituales, entremezclado confusamente con los signos del olvido y la degradación respirables, al principio la sacudió como una descarga eléctrica, y luego se le impuso con ese dolor propio de una saturación de ideas confusas que frenan el flujo de la emoción.
Formas tan pálidas como brillantes se adueñaron de su joven sensibilidad y se fijaron en su memoria incluso cuando no pensaba en ellas, preparando extrañas asociaciones que perduraron a lo largo de sus años posteriores.
Nuestros estados de ánimo suelen traer consigo imágenes que se suceden como las proyecciones de linterna mágica de una cabezada; y en ciertos estados de apagado desamparo, Dorothea continuó viendo durante toda su vida la inmensidad de San Pedro, el enorme dosel de bronce, la intensa intención en las posturas y los ropajes de los profetas y evangelistas en los mosaicos de arriba, y el cortinaje rojo que se colgaba por Navidad extendiéndose por todas partes como una enfermedad de la retina.
No es que este asombro interior de Dorothea fuera algo muy excepcional: muchas almas en su desnudez juvenil son arrojadas entre incongruencias y abandonadas a «encontrar el rumbo» entre ellas, mientras sus mayores continúan con sus asuntos.
Tampoco puedo suponer que, cuando la señora Casaubon es descubierta en un ataque de llanto seis semanas después de su boda, la situación sea considerada trágica. Cierto desaliento, cierta fatiga de corazón ante el nuevo futuro real que reemplaza al imaginario, no es inusual, y no esperamos que la gente se conmueva profundamente por lo que no es inusual.
Ese elemento de tragedia que radica en el hecho mismo de la frecuencia aún no se ha labrado en la burda emoción de la humanidad; y tal vez nuestros cuerpos difícilmente podrían soportar mucho de ello. Si tuviéramos una visión y un sentimiento agudos de toda la vida humana ordinaria, sería como oír crecer la hierba y latir el corazón de la ardilla, y moriríamos de ese estruendo que yace al otro lado del silencio. Tal como están las cosas, los más perspicaces de nosotros deambulamos bien acolchados de estupidez.
Sin embargo, Dorothea estaba llorando, y si se le hubiera pedido que dijera la causa, solo habría podido hacerlo con palabras tan generales como las que ya he usado: verse empujada a ser más específica habría sido como intentar dar una historia de las luces y las sombras, pues ese nuevo futuro real que reemplazaba al imaginario extraía su material de las interminables minucias mediante las cuales su perspectiva del señor Casaubon y de su relación conyugal, ahora que estaba casada con él, iba cambiando gradualmente con el movimiento secreto de la aguja de un reloj respecto a lo que había sido en su sueño de doncella. Todavía era demasiado pronto para que reconociera del todo, o al menos admitiera, el cambio, y aún más para que hubiera readaptado esa devoción que era una parte tan necesaria de su vida mental que era casi seguro que tarde o temprano la recuperaría. La rebelión permanente, el desorden de una vida sin alguna resolución amorosa y reverente, no le eran posibles; pero se hallaba ahora en un intervalo en el que la fuerza misma de su naturaleza aumentaba su confusión. De este modo, los primeros meses de matrimonio suelen ser tiempos de tumulto crítico —ya sea el de una charca de camarones o el de aguas más profundas— que después se disipa en una alegre paz.
¿Pero no era el señor Casaubon tan culto como antes? ¿Habían cambiado sus formas de expresión, o se habían vuelto menos loables sus sentimientos? ¡Oh, caprichos de la condición femenina! ¿le fallaba su cronología, o su habilidad para exponer no solo una teoría, sino los nombres de quienes la sustentaban; o su disposición para ofrecer los puntos principales de cualquier tema a petición? ¿Y no era Roma el lugar del mundo más propicio para dar rienda suelta a semejantes dotes? Además, ¿no se había centrado el entusiasmo de Dorothea precisamente en la perspectiva de aligerar el peso y tal vez la tristeza con que las grandes tareas gravitan sobre quien ha de realizarlas?—Y que tal peso oprimía al señor Casaubon era ahora más evidente que antes.
Todas estas son preguntas aplastantes; pero por lo demás todo siguiera igual, la luz había cambiado, y no se puede encontrar el alba perlada al mediodía.
Es un hecho inalterable que un prójimo cuya naturaleza conoces únicamente a través de las breves entradas y salidas de unas pocas semanas imaginativas llamadas noviazgo, puede, al ser visto en la continuidad de la compañía conyugal, revelarse como algo mejor o peor de lo que habías preconcebido, pero ciertamente no parecerá del todo el mismo.
Y sería asombroso descubrir cuán pronto se siente el cambio si no tuviéramos cambios emparentados con los cuales compararlo. Compartir habitación con un brillante compañero de cenas, o ver a tu político favorito en el ministerio, puede provocar cambios igual de rápidos: también en estos casos empezamos sabiendo poco y creyendo mucho, y a veces terminamos por invertir las cantidades.
Aun así, tales comparaciones podrían inducir a engaño, pues ningún hombre era más incapaz de ostentosas apariencias que el señor Casaubon: era un personaje tan genuino como cualquier animal rumiante, y no había contribuido activamente a crear ilusión alguna sobre sí mismo. ¿Cómo era posible que, en las semanas transcurridas desde su matrimonio, Dorothea no hubiera advertido con claridad, sino sentido con una sofocante depresión, que las amplias perspectivas y el aire fresco y vasto que había soñado encontrar en la mente de su esposo se veían reemplazados por antecámaras y pasillos sinuosos que parecían no conducir a ninguna parte? Supongo que se debía a que en el cortejo todo se considera provisional y preliminar, y la más pequeña muestra de virtud o talento se toma como garantía de deliciosos tesoros que el amplio desahogo del matrimonio revelará. Pero, una vez cruzado el umbral del matrimonio, la expectativa se concentra en el presente. Una vez emprendido el viaje conyugal, es imposible no percatarse de que no se avanza y de que el mar no está a la vista —de que, en realidad, se está explorando una dársena cerrada—.
En su conversación antes del matrimonio, el señor Casaubon se había detenido a menudo en alguna explicación o detalle cuestionable cuyo sentido Dorothea no alcanzaba a ver; pero tal coherencia imperfecta parecía debida a la intermitencia de su trato, y, sostenida por su fe en el futuro de ambos, había escuchado con fervorosa paciencia la recitación de los posibles argumentos que se esgrimirían contra la perspectiva totalmente novedosa del señor Casaubon sobre el dios filisteo Dagón y otras deidades pisciformes, pensando que en adelante vería este asunto que tan de cerca le atañía desde el mismo plano elevado desde el cual sin duda se le había vuelto tan importante.
Nuevamente, la afirmación natural y el tono de desdén con que él trataba lo que para ella eran los pensamientos más conmovedores, se explicaban fácilmente como parte de ese sentido de prisa y preocupación que ella misma había compartido durante el noviazgo.
Pero ahora, desde que estaban en Roma, con todas las profundidades de su emoción despertadas a una actividad tumultuosa, y con la vida convertida en un nuevo problema debido a nuevos elementos, ella iba percatándose cada vez más, con cierto terror, de que su mente se deslizaba continuamente hacia arrebatos internos de ira y repulsión, o bien hacia una desolada fatiga.
Hasta qué punto el prudente Hooker o cualquier otro héroe de la erudición habría sido el mismo a la altura de la vida del señor Casaubon, ella no tenía medios para saberlo, de modo que él no podía contar con la ventaja de la comparación; pero el modo que tenía su marido de comentar los extrañamente impresionantes objetos que los rodeaban había empezado a afectarla con una especie de escalofrío mental: él tenía tal vez la mejor intención de conducirse dignamente, pero únicamente de conducirse.
Lo que era nuevo para la mente de ella estaba gastado para la suya; y toda capacidad de pensamiento y sentimiento que alguna vez hubiera sido estimulada en él por la vida general de la humanidad se había reducido desde hacía tiempo a una especie de preparación seca, un embalsamamiento sin vida del conocimiento.
Cuando él dijo: «¿Te interesa esto, Dorothea? ¿Debemos quedarnos un poco más? Estoy dispuesto a permanecer si así lo deseas», le pareció que tanto irse como quedarse eran igualmente desalentadores. O bien: «¿Te gustaría ir a la Farnesina, Dorothea? Contiene frescos célebres diseñados o pintados por Rafael, que la mayoría de la gente considera que vale la pena visitar».
—Pero ¿te importan ellos? —era siempre la pregunta de Dorothea.
—Son, según creo, muy estimados.
Algunos de ellos representan la fábula de Cupido y Psique, que probablemente sea la invención romántica de un período literario y no puede, a mi parecer, considerarse un producto mítico genuino.
Pero si le gustan estas pinturas murales, podemos ir hasta allí fácilmente; y entonces habrá visto, creo yo, las principales obras de Rafael, de las cuales sería una pena omitir cualquiera en una visita a Roma. Es el pintor de quien se dice que combina la más completa gracia formal con la sublimidad de expresión. Tal es al menos la opinión que he deducido de los entendidos.
Este tipo de respuesta, dada en un tono oficial y medido, como el de un eclesiástico que lee conforme a las rúbricas, no ayudaba a justificar las glorias de la Ciudad Eterna, ni a darle la esperanza de que, si llegaba a saber más sobre ellas, el mundo se iluminaría jubilosamente para ella.
Apenas hay contacto más deprimente para una criatura joven y ardiente que el de una mente en la que años llenos de conocimiento parecen haber desembocado en una absoluta ausencia de interés o simpatía.
Sobre otros temas, en efecto, el señor Casaubon mostraba una tenacidad de ocupación y un entusiasmo que por lo general se consideran el fruto de la inspiración, y Dorotea estaba deseosa de seguir esta dirección espontánea de sus pensamientos, en lugar de sentirse obligada a apartarle de ella.
Pero poco a poco iba perdiendo la confianza deliciosa de antaño en que vería una gran apertura allí donde lo seguía.
El pobre señor Casaubon mismo se perdía entre pequeños armarios y escaleras de caracol, y en una penumbra agitada acerca de los cabiros, o en la exposición de paralelos poco meditados de otros mitólogos, perdía fácilmente de vista cualquier propósito que lo hubiera impulsado a tales fatigas. Con su vela encendida frente a sí, olvidaba la ausencia de ventanas, y entre amargas acotaciones manuscritas sobre las ideas ajenas acerca de las deidades solares, se había vuelto indiferente a la luz del sol.
Estas características, tan fijas e inmutables como los huesos en el señor Casaubon, habrían tardado más tiempo en pasar inadvertidas para Dorothea si la hubiesen alentado a desahogar sus sentimientos de muchacha y de mujer; si él le hubiera tomado las manos entre las suyas y escuchado con el deleite de la ternura y la comprensión todos los pequeños relatos que formaban su experiencia, y le hubiera ofrecido a cambio el mismo tipo de intimidad, de modo que la vida pasada de cada uno pudiera incluirse en su conocimiento y afecto mutuos; o si ella hubiera podido alimentar su cariño con aquellas caricias aniñadas que son la inclinación de toda mujer dulce, la cual ha empezado por prodigar besos en la dura coronilla de su muñeca calva, creando un alma feliz dentro de esa madera a partir de la riqueza de su propio amor.
Esa era la inclinación de Dorothea. Con todo su anhelo por conocer lo que estaba lejos de ella y por ser ampliamente benévola, tenía suficiente ardor por lo cercano como para haber besado la manga del abrigo del señor Casaubon, o haber acariciado el cordón de su zapato, si él hubiera dado alguna otra señal de aceptación que no fuera la de declarar, con su infalible decoro, que ella poseía una naturaleza de lo más afectuosa y verdaderamente femenina, indicando al mismo tiempo, al acercarle cortésmente una silla, que consideraba tales manifestaciones como algo bastante basto y desconcertante.
Habiendo hecho su arreglo clerical con el debido esmero por la mañana, solo estaba preparado para aquellas amenidades de la vida que se adaptaban a la corbata almidonada y bien ajustada de la época, y a una mente agobiada de material inédito.
Y por una triste contradicción, las ideas y propósitos de Dorothea parecían hielo derretido que flotaba y se perdía en la cálida marea de la cual no habían sido sino otra forma. Se sentía humillada al descubrirse a sí misma como una mera víctima del sentimiento, como si no pudiera conocer nada excepto a través de ese medio: toda su fuerza se dispersaba en arrebatos de agitación, de lucha, de desánimo, y luego otra vez en visiones de una renuncia más completa, transformando todas las duras condiciones en deber. ¡Pobre Dorothea! Ciertamente era molesta —principalmente para sí misma—; pero aquella mañana, por primera vez, había resultado molesta para el señor Casaubon.
Ella había comenzado, mientras tomaban el café, con la determinación de sacudirse lo que en su fuero interno llamaba su egoísmo, y volvió un rostro lleno de alegre atención hacia su esposo cuando este dijo:
«Querida Dorothea, debemos pensar ahora en todo lo que aún nos queda por hacer, como preámbulo de nuestra partida. Hubiera querido regresar a casa antes para haber estado en Lowick por Navidad; pero mis gestiones aquí se han prolongado más allá del plazo previsto. Confío, sin embargo, en que el tiempo pasado aquí no te haya resultando desagradable. Entre las maravillas de Europa, la de Roma ha sido tenida siempre por una de las más llamativas y, en ciertos aspectos, edificantes. Recuerdo muy bien que consideré un hito en mi vida cuando la visité por primera vez, tras la caída de Napoleón, acontecimiento que abrió el continente a los viajeros. En verdad, creo que es una entre varias ciudades a las que se ha aplicado una hipérbole extrema: “Ver Roma y morir”; mas en tu caso propondría una enmienda y diría: Ver Roma como una novia, y vivir desde entonces como una esposa feliz».
El señor Casaubon pronunció este pequeño discurso con la intención más concienzuda, parpadeando un poco y balanceando la cabeza de arriba abajo, para concluir con una sonrisa. No había encontrado en el matrimonio un estado arrebatador, pero no tenía la menor intención de ser otra cosa que un marido irreprochable, dispuesto a hacer tan feliz a una encantadora joven como ella merecía serlo.
—Espero que estés completamente satisfecho con nuestra estancia... quiero decir, con el resultado en lo que respecta a tus estudios —dijo Dorothea, intentando mantener su mente fija en lo que más afectaba a su esposo.
“Sí —dijo el Sr. Casaubon, con ese tono de voz peculiar que hace que la palabra sea medio negativa—.
Me he visto conducido más lejos de lo que había previsto, y se han presentado diversos temas de anotación que, aunque no me son estrictamente necesarios, no he podido pretermitir. La tarea, no obstante la ayuda de mi amanuense, ha resultado algo laboriosa, pero vuestra compañía me ha evitado felizmente esa prosecución demasiado continua del pensamiento más allá de las horas de estudio que ha sido la trampa de mi vida solitaria”.
“Me alegra mucho que mi presencia haya supuesto alguna diferencia para usted”, dijo Dorothea, que guardaba un vivo recuerdo de veladas en las que había supuesto que la mente del señor Casaubon había descendido demasiado hondo durante el día como para poder volver a la superficie. Temo que hubiera un poco de mal genio en su réplica. “Espero que, cuando lleguemos a Lowick, le sea más útil y pueda participar un poco más en lo que le interesa”.
—Sin duda, querida —dijo el señor Casaubon, con una leve inclinación—. Las notas que aquí he tomado requerirán una criba, y tú podrás, si te place, extraerlas bajo mi dirección.
—Y todas sus notas —dijo Dorotea, cuyo corazón ya había ardido por este asunto, de modo que ahora no pudo evitar hablar con su lengua—:
Todos esos anaqueles repletos de volúmenes... ¿no va a hacer ahora lo que solía mencionar? ¿No va a decidir qué parte de ellos va a utilizar y a empezar a escribir el libro que hará que su vasto conocimiento sea útil para el mundo? Escribiré al dictado de usted, o copiaré y extraeré lo que me diga: no puedo ser de ninguna otra utilidad.
Dorotea, de una manera de lo más inexplicable y oscuramente femenina, terminó con un leve sollozo y los ojos llenos de lágrimas.
El excesivo sentimiento manifestado por sí solo habría resultado muy perturbador para el señor Casaubon, pero había otras razones por las cuales las palabras de Dorothea se contaban entre las más cortantes e irritantes que ella podría haberse sentido impelida a usar.
Era tan ciega a los problemas íntimos de él como él a los de ella: aún no había aprendido a conocer esos conflictos ocultos en su marido que reclaman nuestra compasión. Aún no había escuchado pacientemente los latidos de su corazón, sino que solo había sentido que el suyo latía con violencia.
Para los oídos del señor Casaubon, la voz de Dorothea daba una resonancia alta y enérgica a aquellas confusas sugerencias de la conciencia que era posible explicar como mera fantasía, la ilusión de una sensibilidad exagerada: siempre que tales sugerencias se repiten de manera inconfundible desde el exterior, se las resiste como si fueran crueles e injustas.
¡Nos enfurece incluso la plena aceptación de nuestras confesiones humillantes; cuánto más al escuchar en sílabas duras y distintas, de labios de un observador cercano, esos murmullos confusos que intentamos tildar de morbosos, y contra los que luchamos como si fueran la llegada del adormecimiento!
Y este cruel acusador exterior estaba allí bajo la forma de una esposa —no, de una joven prometida—, la cual, en vez de observar sus abundantes tachaduras y la amplitud de su papel con el asombro acrítico de un canario de fina sensibilidad, parecía presentarse como una espía que lo observaba todo con un maligno poder de deducción.
Aquí, hacia este preciso punto de la brújula, el señor Casaubon tenía una sensibilidad a la altura de la de Dorothea, y una presteza igual para imaginar más allá de los hechos.
Antaño había observado con aprobación la capacidad de ella para adorar el objeto correcto; ahora preveía con terror repentino que esta capacidad pudiera verse reemplazada por la presunción, esta adoración por la más exasperante de todas las críticas—aquella que divisa vagamente una gran cantidad de nobles fines y no tiene la menor idea de lo que cuesta alcanzarlos.
Por primera vez desde que Dorothea lo conocía, el rostro de Mr. Casaubon mostró un rápido rubor de ira.
—Mi amor —dijo, con una irritación refrenada por el decoro—, puedes confiar en que conozco los tiempos y las estaciones, adecuados a las distintas fases de una obra que no ha de medirse por las conjeturas fáciles de los espectadores ignorantes.
Me habría sido fácil lograr un efecto pasajero mediante el espejismo de una opinión infundada; pero siempre es la prueba del explorador escrupuloso ser saludado con el desprecio impaciente de los charlatanes que intentan tan solo los logros más insignificantes, estando en verdad equipados para ningún otro.
Y bueno sería que a todos ellos se les amonestara para que distinguieran los juicios cuyo verdadero objeto está por completo fuera de su alcance, de aquellos cuyos elementos pueden ser abarcados por una mirada estrecha y superficial.
Este discurso fue pronunciado con una energía y una presteza bastante desacostumbradas en el señor Casaubon. No era, en verdad, del todo una improvisación, sino que había tomado forma en diálogos internos, y brotó como los granos redondos de un fruto cuando un calor repentino lo agrieta.
Dorothea no era solo su esposa: era la personificación de ese mundo superficial que rodea al autor mal valorado o abatido.
Dorothea se sintió indignada a su vez. ¿Acaso no había estado reprimiendo todo en su interior, excepto el deseo de participar en los principales intereses de su esposo?
“Mi juicio fue muy superficial —tal como soy capaz de formarlo—”, respondió ella, con un rápido resentimiento que no necesitaba ensayo. “Me enseñaste las hileras de cuadernos; a menudo has hablado de ellos, a menudo has dicho que necesitaban ser digeridos. Pero nunca te oí hablar de los escritos que van a ser publicados. Esos eran hechos muy sencillos, y mi juicio no fue más allá. Solo te rogué que me dejaras serte de alguna utilidad”.
Dorothea se levantó para dejar la mesa y el Sr. Casaubon no respondió, tomando una carta que yacía junto a él como para releerla. Ambos estaban consternados por su mutua situación: que cada uno hubiera mostrado enojo hacia el otro.
Si hubiesen estado en casa, instalados en Lowick en la vida ordinaria entre sus vecinos, el choque habría sido menos embarazoso: pero en un viaje de bodas, cuyo propósito expreso es aislar a dos personas bajo el argumento de que lo son todo la una para la otra, la sensación de desacuerdo es, por decir lo menos, desconcertante y paralizante.
Haber cambiado sustancialmente de longitud geográfica y haberse colocado en una soledad moral con el fin de tener pequeñas discusiones, de encontrar difícil la conversación y de pasarse un vaso de agua sin mirarse, difícilmente puede considerarse un cumplimiento satisfactorio, ni siquiera para las mentes más curtidas.
Para la inexperta sensibilidad de Dorothea, aquello parecía una catástrofe que alteraba todas las perspectivas; y para el Sr. Casaubon era un nuevo dolor, ya que él nunca había estado en un viaje de bodas antes, ni se había hallado en esa unión estrecha que era más una subyección de la que había podido imaginar, puesto que esta encantadora joven esposa no solo lo obligaba a tenerle muchísima consideración (que él le había brindado esmeradamente), sino que resultaba capaz de alterarlo cruelmente justo allí donde más necesitaba consuelo.
En lugar de conseguir un blando muro contra el público frío, sombrío y poco halagüeño de su vida, ¿acaso no le había dado este una presencia más sustancial?
Ninguno de los dos creyó posible volver a hablar por el momento. Haber revocado un acuerdo previo y declinado salir habría sido una muestra de ira persistente ante la cual la conciencia de Dorothea retrocedía, dado que ya empezaba a sentirse culpable.
Por justa que fuera su indignación, su ideal no era reclamar justicia, sino brindar ternura.
Así que, cuando el carruaje llegó a la puerta, fue con el señor Casaubon al Vaticano, caminó con él por la pétrea avenida de inscripciones y, cuando se separó de él en la entrada de la Biblioteca, continuó a través del Museo por pura apatía hacia lo que la rodeaba. No tenía ánimos para darse la vuelta y decir que iría en coche a cualquier otra parte.
Fue cuando el señor Casaubon la dejaba cuando Naumann la había visto por primera vez, y había entrado en la larga galería de escultura al mismo tiempo que ella; pero aquí Naumann tuvo que esperar a Ladislaw, con quien iba a zanjar una apuesta de champán sobre una enigmática figura de aspecto medieval que se encontraba allí.
Después de haber examinado la figura, y de haber seguido caminando mientras terminaban su disputa, se habían separado; Ladislaw se había quedado atrás mientras Naumann había entrado en el Salón de las Estatuas, donde volvió a ver a Dorothea, y la vio en aquella abstracción meditabunda que hacía que su postura fuera notable.
Ella no vio realmente la franja de luz solar en el suelo más de lo que vio las estatuas: veía interiormente la luz de los años futuros en su propio hogar y sobre los campos ingleses y los olmos y los caminos principales bordeados de setos; y sentía que el modo en que estos podían llenarse de gozosa devoción no le resultaba tan claro como antes.
Pero en la mente de Dorothea había una corriente hacia la que todo pensamiento y sentimiento tendían tarde o temprano a confluir: la proyección de toda la conciencia hacia la verdad más plena, el bien menos parcial. Había claramente algo mejor que la ira y el desaliento.