Se partía de la suposición de que habíamos venido a dar testimonio de la solidaridad del laborismo británico con el comunismo ruso, y sobre esa suposición se hizo el mayor uso posible de nosotros para la propaganda bolchevique.
Nosotros, por otra parte, deseábamos averiguar cuanto pudiéramos sobre las condiciones rusas y los métodos rusos de gobierno, lo cual era imposible en la atmósfera de un viaje triunfal. De ahí surgió una contienda amistosa, que a veces degeneraba en un juego del escondite: mientras ellos nos aseguraban cuán espléndido iba a ser el banquete o el desfile, nosotros intentábamos explicar cuánto preferiríamos un paseo tranquilo por las calles.
Yo, no al ser miembro de la Delegación, sentía menos obligación que mis compañeros de asistir a mítines de propaganda donde los discursos se sabían de memoria de antemano. De este modo, pude, con la ayuda de intérpretes neutrales, en su mayoría ingleses o americanos, mantener muchas conversaciones con gente corriente que encontraba en las calles o en las plazas de los pueblos, y averiguar cómo se ve todo el sistema desde la perspectiva del hombre y la mujer comunes y apolíticos.
Los primeros cinco días los pasamos en Petrogrado, los once siguientes en Moscú. Durante este tiempo vivimos en contacto diario con hombres importantes del Gobierno, de modo que conocimos el punto de vista oficial sin dificultad. También vi todo lo que pude de los intelectuales en ambos lugares.
A todos se nos concedió total libertad para ver a los políticos de los partidos de oposición, y naturalmente hicimos pleno uso de esta libertad. * Vimos a mencheviques, socialrevolucionarios de diferentes grupos y anarquistas; * los vimos sin la presencia de ningún bolchevique, y hablaron con libertad una vez que hubieron superado sus