Le pregunté a continuación si creía posible establecer el comunismo de manera firme y completa en un país que albergaba a una mayoría tan vasta de campesinos. Admitió que era difícil y se rio del intercambio al que se ve obligado el campesino, de comida por papel; la inutilidad del papel ruso le parecía cómica. Pero dijo —lo que sin duda es cierto— que las cosas se corregirán por sí mismas cuando haya bienes que ofrecer al campesino. Para lograr esto confía en parte en la electrificación de la industria, la cual, según dice, es una necesidad técnica en Rusia, pero tardará diez años en completarse.2
Habló con entusiasmo, como lo hacen todos, del gran plan para generar energía eléctrica por medio de turba.
Naturalmente, considera que el levantamiento del bloqueo es la única cura radical; pero no tenía muchas esperanzas de que esto se lograra de manera total o permanente, excepto a través de revoluciones en otros países.
La paz entre la Rusia bolchevique y los países capitalistas, dijo, debe ser siempre precaria; la Entente podría verse arrastrada por el cansancio y las disensiones mutuas a concluir la paz, pero se mostraba convencido de que dicha paz sería de corta duración.
En él, como en casi todos los principales comunistas, encontré mucho menos entusiasmo que en nuestra delegación por la paz y el levantamiento del bloqueo. Cree que no se puede lograr nada de verdadero valor excepto a través de la revolución mundial y la abolición del capitalismo; sentí que consideraba la reanudación del comercio con los países capitalistas como un mero paliativo de dudoso valor.
Describió la división entre campesinos ricos y pobres, y la propaganda del Gobierno entre estos últimos contra los primeros, lo que provocaba actos