prisión y el exilio los han hecho duros y fanáticos, y bastante alejados de la realidad de su propio país. Son hombres honestos, con una profunda convicción de que el comunismo regenerará el mundo. Se creen totalmente libres de sentimentalismo, pero, de hecho, son sentimentales con respecto al comunismo y al régimen que están creando; no pueden afrontar el hecho de que lo que están creando no es el comunismo completo, y que el comunismo es un anatema para el campesino, que quiere su propia tierra y nada más. Son despiadados a la hora de castigar la corrupción o la embriaguez cuando las descubren entre los funcionarios; pero han construido un sistema en el que las tentaciones de la corrupción menor son enormes, y su propia teoría materialista debería persuadirles de que bajo semejante sistema la corrupción debe campar a sus anchas.
La segunda clase de la burocracia, entre la que se encuentran la mayoría de los hombres que ocupan