La gravedad de este problema de transición se ilustra con el caso de Rusia, y no puede resolverse con los métodos de la Tercera Internacional. El Gobierno soviético, en el momento actual, está ansioso por obtener productos manufacturados de los países capitalistas, pero la Tercera Internacional se esfuerza entretanto por promover revoluciones que, de producirse, paralizarían las industrias de los países en cuestión y los dejarían incapacitados para abastecer las necesidades rusas.
La condición suprema del éxito en una revolución comunista es que no paralice la industria.
Si la industria se paraliza, los males que existen en la Rusia moderna, u otros igual de grandes, parecen prácticamente inevitables. Habrá el problema de la ciudad y el campo, habrá hambre, habrá ferocidad y revueltas y tiranía militar.
Todas estas cosas se suceden en una secuencia fatal; y el final de ellas es casi seguro que sea algo muy distinto de lo que los comunistas genuinos desean.
Si la industria ha de sobrevivir a lo largo de una revolución comunista, deben cumplirse una serie de condiciones que actualmente no se cumplen en ninguna parte. Consideremos, para mayor precisión, qué ocurriría si estallara una revolución comunista en Inglaterra mañana. Inmediatamente, América impondría un embargo a todo comercio con nosotros. La industria del algodón colapsaría, dejando parados a unos cinco millones de personas correspondientes al sector más productivo de la población. El suministro de alimentos se volvería insuficiente y fracasaría de manera desastrosa si, como es de esperar, la Marina fuera hostil o estuviera desorganizada por el sabotaje de los oficiales. El resultado sería que, a menos que se produjera una contrarrevolución, cerca de la mitad de la población moriría en los primeros doce meses.