En el curso de una lucha desesperada, es probable que se pierda el patrimonio de la civilización, mientras que el odio, la sospecha y la crueldad se vuelven normales en las relaciones humanas. Para tener éxito en la guerra, es necesaria una concentración de poder, y de la concentración de poder se derivan exactamente los mismos males que de la concentración capitalista de riqueza. Principalmente por estas razones, no puedo apoyar ningún movimiento que tenga como objetivo la revolución mundial. El daño a la civilización causado por la revolución en un país puede ser reparado por la influencia de otro en el que no haya habido revolución; pero en un cataclismo universal la civilización podría hundirse durante mil años.
Pero aunque no puedo abogar por la revolución mundial, no puedo escapar a la conclusión de que los Gobiernos de los principales países capitalistas están haciendo todo lo posible por provocarla. El abuso de nuestro poder contra Alemania, Rusia e India (por no hablar de cualquier otro país) bien puede causar nuestra caída y producir precisamente aquellos males que los enemigos del bolchevique más temen.
El verdadero comunista es profundamente internacionalista. Lenin, por ejemplo, hasta donde pude juzgar, no está más preocupado por los intereses de Rusia que por los de otros países; Rusia es, en este momento, la protagonista de la revolución social y, como tal, valiosa para el mundo, pero Lenin sacrificaría a Rusia antes que a la revolución, si alguna vez se planteara esa alternativa. Esta es la actitud ortodoxa, y sin duda es genuina en muchos de los dirigentes. Pero el nacionalismo es natural e instintivo; a través del orgullo por la revolución, renace incluso en el pecho de los comunistas. A través de la guerra de Polonia, los bolcheviques han conseguido el