para muy poco; pero, por otro lado, es igualmente evidente que a un artista no se le puede adiestrar como a un recluta militar. Afortunadamente, no hay indicios de que estas tácticas vayan a adoptarse directamente, pero de manera indirecta ya se están aplicando. Un artista no tiene la culpa de que su temperamento lo lleve a dibujar caricaturas de los principales bolcheviques, o a satirizar los diversos aspectos cómicos —que son muchos— del régimen soviético. Sin embargo, obligar a un hombre así a volcar su talento únicamente contra Denikin, Yudénich y Kolchak, o contra los líderes de la Entente, es algo momentáneamente bueno para el comunismo, pero resulta desalentador para el artista, y a la larga puede resultar perjudicial para el arte, y posiblemente también para el comunismo.
Es evidente, por la naturaleza religiosa del comunismo en Rusia, que tal control del impulso hacia la creación artística es inevitable, y que solo el arte de propaganda puede florecer en semejante atmósfera.
Por ejemplo, ninguna poesía o literatura que no sea ortodoxa llegará a las prensas. Es muy fácil poner la excusa de la falta de papel y de la necesidad urgente de manifiestos.
De este modo, bien puede llegar a repetirse la actitud de la Iglesia medieval ante las sagas y las leyendas del pueblo, salvo que, en este caso, serán los cuentos populares los que se conserven, y los productos más sensibles y civilizados los que se proscriban.
El único poeta del que parece hablarse mucho actualmente en Rusia es uno que escribe canciones populares rudas. Hayodas revolucionarias, pero uno puede aventurar la suposición de que se asemejan a nuestra poesía patriótica de guerra.
Dije que este estado de cosas puede a la larga ser malo para el arte, pero lo contrario puede resultar ser igualmente verdad. Es por supuesto